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Pemex en la peluquería / Juego de Palabras / Gilberto D’ Estrabau

  • Gilberto Destrabau

Cuentan las crónicas de la Revolución Latinoamericana que en un país en el que recientemente había cambiado el Gobierno de la manera usual –o sea, por golpe de Estado– la fracción ganadora había encorralado a  sus opositores en un estadio de futbol, y cada día sacaba quinientos o cinco mil para ejecutarlos de la manera más atenta.

Tan cruento resultaba este sistema que la prensa internacional comenzó a publicar reportajes  indignados, algo que no convenía a la junta ganadora,  que esperaba reconocimiento oficial y ayuda económica del imperio.

El general Chicudiñas, presidente de facto, reunió a sus ministros, y les ordenó que suspendieran la poda de rivales.

El secretario del Interior, comentó que a la orden, pero que el más peligroso de los detenidos, el expresidente general Barbastenango, seguía vivo y agitando en el estadio.

Chicudiñas ordenó entonces el traslado de su antecesor a una prisión de alta seguridad, designando a su barbero particular para atender diariamente el arreglo personal del “Barbas”.

Márgaro, que así se llamaba el fígaro, arregló al prisionero el día siguiente, y ya para terminar, le hizo una pequeñísima cortada en el cuello.

En la siguiente sesión, extendió ligeramente la herida. Como el expresidente estaba siendo atendido a cuerpo de rey y rebosaba salud, se le permitió a los corresponsales extranjeros que lo entrevistaran, dando fe los periodistas de que el principal enemigo de la junta era tratado por ésta con toda humanidad.

Márgaro continuaba añadiendo milímetros a la línea roja que comenzaba  debajo de la oreja derecha de su cliente.

Ni la propia víctima resentía el acero. Las críticas contra el régimen se esfumaron de la prensa internacional –en la local, por supuesto, nunca aparecieron– y se consiguieron el reconocimiento y los préstamos. Márgaro continuaba rasurando al general.

A quien un día se le cayó la cabeza, de manera tan poco dramática, que su muerte se anunció como natural. Y sí lo era, pues lo más natural es que alguien sin cabeza palme (aunque hay excepciones, especialmente en el gabinete).
Pemex en la peluquería

Cuando los integrantes del Pacto por México anunciaron el consenso energético, dejaron muy claro que el petróleo seguía siendo de México y que Pemex no se vendería.

Y hay que reconocer que los operadores de la RE están cumpliendo su promesa.

Pemex no se ha vendido, ni se venderá. Pero como se ha convertido en una carga y una vergüenza para la administración, lo están rasurando con la técnica del buen Márgaro.

El último tajo es de 100 mil millones de pesos, los cuales, si bien en parte se emplearán en rebajar la nómina de 140 mil semiaviadores que soporta la empresa, también recortarán la inversión en Exploración y Producción, dejándola encuerada ante sus competidores internos y externos.

Y otra razón por la que Pemex no se vende es porque nadie es tan gilipollas como para invertir en una empresa que el año pasado perdió 500 mil millones de pesos, que debe 100 mil millones de dólares a bancos y proveedores, y un billón y medio de pesos a su sindicato.

Y que de productora, se ha convertido en importadora de combustibles y crudo.
Buenos días. Buena suerte.
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