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Persuación / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

La formación social que sucedió al nomadismo es la comunidad, cuyo orden interno fue posible debido a la noción de autoridad que los miembros de la comunidad desarrollaron: indicaciones acertadas nuevas, originales formuladas por una persona o un grupo para resolver problemas individuales y colectivos. El sedentarismo se transformó en perdurables formas de convivencia como resultado del surgimiento de instituciones, que no son otra cosa que comportamientos individuales y sociales, y métodos aceptados y compartidos de hacer las cosas.

Al apreciar las soluciones aportadas como originales, es decir: que se sustentan en nuevos datos que conducen a soluciones eficaces, los miembros de la comunidad sentían la necesidad de volver a ver a esas personas capaces de resolver problemas: respicere; y respetarlos: respectare. De allí hacia la noción de autoridad solo falta un milímetro. Irían los afectados por algún conflicto a escuchar siempre la opinión de las personas sabias, conocedoras para implantarla como solución a un problema. Cabe afirmar entonces que la autoridad originaria del Estado se estableció en ausencia de la violencia. Y es posible rechazar la aseveración de que el estado contemporáneo es la organización política que reclama y obtiene para si el monopolio de la fuerza represiva. Quizá podría aceptarse, con reservas que la violencia no es el instrumento que justifica la existencia del Estado. La violencia física es solo su medio específico, cuyo empleo puede delegar de conformidad con disposiciones jurídicas en las diversas instituciones que tienen estatutariamente la obligación permanente de redistribuir valores entre la sociedad entera, entendidos como valores los objetos de actitudes, necesidades o deseos. Ese proceso es el que se denomina política o proceso político.

El Estado contemporáneo no nació del monopolio de la fuerza represiva. Nació del consenso propiciado por los grupos que aconsejaban la adopción de sus soluciones acertadas las cuales consideró autorizadas la comunidad primigenia.

El Estado contemporáneo nace como productor de consensos, de acuerdos ejemplares, de voluntades concertadas para procurar, primero, el alivio de las desigualdades. Después, su erradicación a través del Estado intervencionista, calificado como el Estado de Bienestar.

Volvió el intento de considerar el monopolio exclusivo de la fuerza represiva como el factor fundacional del Estado, cuando concluyó la Gran Guerra 14-18. La historiografía del final del siglo XIX ya había señalado que la edad media fue el Mundo iluminado por la metralla, la cual había dado origen a los Estados coloniales de entonces.

Continuaron los Estados sostenidos por la represión y los conflictos internacionales entre 1934 a 1945.

El Estado contemporáneo debe fundamentarse en la persuasión, en la explicación de acciones constructivas sociales: educación, investigación pura y aplicada, tecnología de innovación que propicie el empleo remunerado y salvaguarde el medio ambiente. El estado robustece su enorme capacidad de conciliación en la exposición y descripción veraz de cauces de acción que beneficien a los diversos grupos que constituyen las específicas sociedades contemporáneas. Las confrontaciones militares que provocan las potencias industriales y tecnológicas para eliminar sus desequilibrios financieros y sus deficitarios resultados comerciales producen resultados efímeros. Y desatan fenómenos migratorios que afectan al mundo entero.

Conviene rescatar a la Organización de Naciones Unidas y su conjunto de dependencias especializadas de equilibrio social, económico y de rescate ambiental como parlamento universal. Resulta la organización demasiado cara como foro de políticos iletrados.