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¿Qué podemos aprender de los atentados en Bruselas? / Poder Nacional / Javier Oliva

  • Javier Oliva Posada

Londres. Desde el atentado en Madrid, el 11 de marzo de 2004, que a la fecha ha sido el más destructivo con 192 muertos y mil 857 heridos, reivindicado por Al Qaeda, se han sucedido 10 actos terroristas en Europa. Los espacios públicos y los de elevado simbolismo, han sido los lugares predominantes. Estaciones de metro, plazas públicas, transportes terrestres y aéreos, pero sobre todo, se ha buscado hacer el mayor daño posible a población inocente o “no combatiente”.

Ya podemos, con la información pública disponible en cada caso, encontrar ciertas variables que se convierten en tendencias, a partir de las cuales pueden establecerse medidas, además de las inmediatas correctivas, las que se orienten a tratar de explicarnos los orígenes de la violencia desenfrenada que vivimos. Si todavía quedan algunos líderes políticos o analistas, que creen que los efectos corrosivos de la actividad criminal, distan mucho del miedo y crispación que generan las organizaciones terroristas, sencillamente no tienen la suficiente información ni la disposición a reconocer la gravedad de la situación.

Por lo menos, de los últimos cinco eventos terroristas en Europa, en cuatro de ellos han participado menores de 30 años, procedentes en su mayoría de las filas del crimen común y organizado. Son nacidos en Europa, en un 83 por ciento de los casos. Por lo tanto, han tenido acceso a la educación y a los servicios sociales que el Estado provee. Pero también, comparten la frustración, la exclusión y la imposibilidad de ascender en el escalafón social en contextos notablemente jerarquizados y racistas. La marginación de las zonas habitacionales, el hacinamiento, la falta de incentivos en general, aparecen como un rasgo compartido en muchas de las biografías de quienes deciden acabar con su vida y con las de los demás.

El entorno familiar también ha sido objeto de estudio. En los perfiles psicológicos, se han encontrado dos patrones predominantes. Ausencia de una estructura familiar, amistosa y vecinal, que pueda procesar los sentimientos de rencor y frustración de los jóvenes al no poder encontrar un buen trabajo o alcanzar otro tipo de metas para su realización. El segundo, es que se acercan a las filas de las organizaciones terroristas, a través del internet, en sitios dedicados al reclutamiento de militantes. Como se comprenderá, miles de jóvenes en toda Europa en esa situación.

Tratar de explicar acontecimientos tan dolorosos como dramáticos, debe evitar el suponer una imposible justificación a esos actos asesinos. Los suicidas convertidos en insospechadas y mortíferas armas, en su actuar, no tienen nada que perder, excepto un futuro gris, frustrante y nada atractivo. La sensación de identidad que aporta pertenecer a una pandilla o a un grupo criminal, va exigiendo, de acuerdo con las investigaciones de las autoridades de los Gobiernos europeos, “pruebas” de valor y entrega a la causa. La gran incógnita que surge aquí, es cómo han dado el paso de delincuentes y vándalos, a despiadados e irredentos terroristas identificados con el Islam.

De lo anterior, en México sabemos muy bien, que la marginación y la falta de oportunidades en nuestros jóvenes, se convierte en un combustible mortal para engrosar de forma voluntaria o no, las organizaciones criminales. Sean pandillas o estructuras delictivas diversificadas (tráfico de drogas, secuestro, extorsión, cobro de derechos, tráfico de personas, piratería). Como cualquier patología social, en el adecuado funcionamiento o no del sistema, tenemos parte de la respuesta para tratar de resolver a fondo, las expresiones de frustración y marginación de miles y miles de jóvenes. Ya sea en la Unión Europea, Estados Unidos o en México.
javierolivaposada@gmail.com