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Poder Nacional

  • Javier Oliva Posada

  • Javier Oliva
  • Las Fuerzas Armadas de México en las Olimpiadas

Las cuatro medallas conquistadas en Río de Janeiro, de un total de cinco; tres de plata y una de bronce, por personal que se capacitó y entrenó en las filas y con el respaldo de las secretarías de la Defensa Nacional y de Marina Armada de México, son motivo de plena satisfacción, pero al mismo tiempo, de una serie de reflexiones, respecto del papel de las Fuerzas Armadas y las relaciones civiles militares en nuestro país. Más aún con el papel crucial que cumple el personal castrense en la coadyuvancia y en no pocas ocasiones, abierta sustitución, de las autoridades civiles en las labores de seguridad pública.

Aunque ya no hay justificación alguna, a la fecha abundan los funcionarios -de todos los niveles de Gobierno, responsabilidades legislativas y procedencias partidistas, que aún desconocen la relevancia de las Fuerzas Armadas en su función de cohesión social y por lo tanto, de su crucial aportación para el fortalecimiento de la identidad nacional. Si lo anterior no fuera así, presupuesto, recursos jurídicos, apoyo diplomático, compromisos políticos, entre otros, serían la norma y no la excepción, como hasta ahora. Las alusiones positivas a las Fuerzas Armadas de parte de representantes de las estructuras de Gobierno, legislativas y judiciales, no pasan de la retórica y una buena fotografía. Nada más.

El desempeño de la delegación mexicana en las pasadas Olimpiadas, fue ampliamente soportado por María Guadalupe Romero (Marina); María del Rosario Espinoza (Defensa); Germán Sánchez (Defensa) e Ismael Hernández (Defensa). Cada uno con su esfuerzo, desde luego, pero también con el soporte institucional, infraestructura y motivación aportadas por las respectivas Secretarías. Las Fuerzas Armadas de México, como sucede con la gran mayoría en el mundo, son una corporación fuerte y con compromisos estructurales que irradian una gran cantidad de ámbitos que en apariencia, no están relacionados de forma directa con las misiones estrictamente militares.

Ahora bien, en la historia de las participaciones de México en las Olimpiadas, hay una larga y bien ganada posición de otros integrantes de las Fuerzas Armadas que han traído la gloria para México. El inolvidable Sargento José Pedraza Zúñiga, medalla de plata en la competencia de 20 kilómetros de marcha en 1968 o el primer medallista de oro de nuestro país, el Teniente Coronel Humberto Mariles, en Londres 1948, quien conquistó ni más ni menos, que dos preseas doradas (individuales) y una de bronce (por equipo) en equitación. Sólo por mencionar un par de ejemplos que denotan la continuidad y disciplina de las Fuerzas Armadas para cumplir con seriedad, el honor de representar al país en las justas deportivas más importantes del mundo a lo largo de la historia. En los hechos, se puede afirmar, que no hay improvisación ni ocurrencias.

La consistencia y fortalecimiento de cualquier institución, por lo tanto, transcurre esencialmente, por la vía de la planeación, aplicación, evaluación y ajustes. Ese sencillo procedimiento es lo que aporta la posibilidad de alcanzar y mejorar las metas. Tal y como sucede en una competencia deportiva. Sería dable, suponer que las lecciones aprendidas en las Olimpiadas de Río tengan la fuerza como para reconocer sin prejuicios, el fundamental papel cívico de las Fuerzas Armadas. Ver la bandera de México en el lugar de los ganadores, siempre será motivo de regocijo. Desde el deporte, ese es el aporte militar al patriotismo.

javierolivaposada@gmail.com