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Poder Nacional

  • Javier Oliva Posada

  • Javier Oliva Posada
  • Algunas condiciones para la pérdida de autoridad del Estado

LONDRES. Como sucede año con año, por esta época, se publican una nutrida cantidad de anuarios estadísticos, con muy interesantes análisis geopolíticos, militares, sobre conflictos en curso y potenciales escenarios de tensión. Ahora la atención se ha centrado en dos guerras, la de Siria y la no declarada entre Ucrania y Rusia, así como tres antagonismos: el terrorismo, el cambio climático y el crimen organizado.

Puede argumentarse que no hay mucha novedad sobre los temas a tratar, según los pronósticos, para 2017. Sin embargo, sí que hay ajustes de fondo en el enfoque. Para empezar, a la migración forzada, ya referida como una consecuencia directa de la desestabilización violenta y prolongada en Afganistán, Irak, Sudán, Siria, Libia, entre otros países, se le adiciona lo que se denomina como las “zonas grises”. Esta acepción, se refiere a aquéllas partes del territorio en donde el poder del Estado en cuestión, por algunas razones, no tiene la capacidad para hacer valer la ley para someter a los poderes locales a la conducción de las instituciones, e incluso, cuando es necesario, por la fuerza.

Las principales condiciones son las siguientes. Que no exista una plena capacidad del gobierno, para imponer las reglas convenidas mediante el derecho y los hábitos sociales. De tal forma que los actores irregulares, tienen en la violencia el único y determinante recurso para hacer valer sus diferencias y anteponer sus intereses. Así que tienen la fuerza suficiente como para increpar  al Estado. Para llegar a tan delicada situación, ocurrieron varias cosas. La primera y más importante, es el elevado grado de corrupción de las autoridades locales, en dónde incluso, se confunden como integrantes de las bandas delictivas predominantes. La segunda, es la tolerancia, aceptación (ya sea por miedo o conveniencia) de los sistemas sociales afectados. Es decir, una cierta convivencia que hace del silencio, el principal escudo de impunidad de los grupos que desafían al orden establecido.

Destaca también en las denominadas “zonas grises”, la intervención de intereses extranjeros en cualquier modalidad. Me refiero a que pueden ser legales o no. Por ejemplo, una inversión cuantiosa en la explotación de minas o de otros recursos naturales no renovables. Esa dinámica, con tal de mantener los márgenes de ganancia, las empresas conviven y por tanto, aceptan las reglas de las bandas criminales. De tal forma que se establece una delicada relación de “autoridad paralela”, respecto de la institucional y hegemónica del Estado.

La “zona gris”, en su conjunto, se caracteriza, porque no sólo es mediante la aplicación intensiva de la fuerza legítima del Estado como se pretende recuperar el control; deben utilizarse otros amplios y extendidos recursos que van, desde la suplantación o gradual relevo de la clase política, para empezar la local, hasta la instrumentación de programas de rehabilitación de las prácticas ciudadanas. El peligro en el crecimiento de las “zonas grises”, es que la fragmentación de la autoridad pueda dar paso a la fragmentación de la unidad geopolítica del Estado. Surgiendo procesos políticos y sociales cada vez más distantes de los que procuran las instituciones nacionales. Me temo que aunque pequeñas, México tiene ya algunas “zonas grises”. Y conforme el criterio predominante sea ganar una elección, el tiempo seguirá jugando en contra de la unidad nacional.

javierolivaposada@gmail.com