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Política cultural contradictoria / Alejandro Díaz

  • Alejandro Díaz

La época de carnaval es para algunos motivo de alegría, jolgorio e incluso desenfreno. Se organizan fiestas, bailes y desfiles para contagiar al resto de los vecinos de una alegría pasajera que cuesta una pequeña fortuna. Tradición originada en el paganismo, se celebra en Europa desde principios de la cristiandad; en América encontró cabida en ciudades y poblados donde asimilaron costumbres indígenas, y más tarde incorporaron las africanas, llegadas con los esclavos de ese continente.

Tradicionalmente, el carnaval se celebra en vísperas del Miércoles de Ceniza, inicio del tiempo de ayuno de Cuaresma. No dura solo un día, sino varios, en algunos lugares hasta 6 semanas. Es periodo de fiestas, de excesos en el comer y el beber, en los que se tolera lo que en otro tiempo es inaceptable. En muchos lugares se acompaña con el uso de máscaras, como queriendo significar que es bienvenido pasar de incógnito.

Esta época permite que espíritus emprendedores organicen eventos, fandangos, fiestas y desfiles, en los que pueden obtener ingresos como para vivir el resto del año. Ofrecen espacios para celebrar y permitir a sus conciudadanos los excesos que no podrán tener el resto del año. También hay poblaciones en que los festejos son financiados por el ayuntamiento de la ciudad como parte de sus servicios al público.

Carnavales hay prácticamente en todo el mundo de tradición cristiana, especialmente en Europa y América Latina, pero en ningún país se ha instalado en la cultura local como en Brasil. En México se celebra en ciudades como Mazatlán y Veracruz entre otras, y pueblos como Huejotzingo y Tepoztlán, pero en Brasil son cientos de poblaciones las que lo celebran.

Si las crisis económicas afectan las actividades humanas, el festejo de los carnavales no está exento de ser afectado. Las fiestas son menos atendidas, se bebe y se come menos, se festeja con menos ánimo. Ahora que Brasil pasa por su tercer año de crisis económica debido a la caída de los precios de las materias primas, de la soya al petróleo, los festejos de carnaval también han sido alcanzados por la crisis. 48 ayuntamientos de ese país ya han anunciado que este año no financiarán los festejos, si bien el de Río de Janeiro, el más famoso del mundo, está garantizado porque atrae a millones de visitantes de todo el mundo.

¿Hasta qué punto deben financiarse las manifestaciones culturales con dinero público? Esta es pregunta muy válida que se hacen en todo el mundo quienes deben aprobar los gastos públicos. Las actividades culturales que generan recursos y se autofinancian no tienen problema para ser realizadas. Aquellas que demandan recursos porque sus gastos son superiores a sus ingresos pueden caer en predicamento, y por desgracia muchas actividades culturales están en este caso.

Cada vez que un país está en crisis económica, los Gobiernos recetan austeridad a sus gobernados y siempre comienzan por reducir el gasto dedicado a cultura. El que los ayuntamientos brasileños hayan decidido suprimir el apoyo a su respectivo carnaval no sorprende, tienen que dedicar sus esfuerzos a multitud de servicios, no a financiar fiestas a pesar de ser una actividad catalogada como cultural. Son congruentes.

Pero en México no, preferimos ser surrealistas. En tiempo de crisis se crea una Secretaría de Cultura, y se le escatiman recursos.
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