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¿Por qué hemos tenido Constituyentes así?

  • Juan Antonio García Villa

Afines de los años 40, los líderes de los dos principales partidos alemanes, Konrad Adenauer y Willy Brandt, con sus respectivos equipos, se reunieron para definir los principios fundamentales de la nueva Constitución de Alemania Federal. Así parezca increíble, en un solo día quedaron hechas las definiciones. Ello a pesar de los horrores del nazismo y de que el país estaba en ruinas.

A la luz de ese caso, cabe preguntarse cómo ha sido en el pasado la experiencia de nuestro país en esta materia, y si en el futuro podríamos tener alguna similar a la de Alemania.

La verdad es que se ve difícil. Entre otras razones, no la única, por esa irrefrenable tendencia de llevar todo cuanto sea posible al Texto Constitucional. Así, se ha convertido a la Ley Fundamental mexicana en un extenso “corpus” de normas que deberían estar en leyes secundarias y aun en ordenamientos reglamentarios. Y tanto mejor si su redacción es ambigua, confusa o contradictoria.

¿Elaborar una excelente Constitución es necesariamente una obra muy difícil, ardua y harto complicada? La mejor experiencia histórica indica que no. Según Gladstone, la Constitución de Filadelfia es “la obra más admirable que ha producido el entendimiento humano”. Y Emilio Rabasa escribió que “Randolph necesitó de cuatro días para la creación de la forma de gobierno del Plan de Virginia, (parte) bastante inmortal de la Constitución americana”. No requirió ésta pues, de mucho tiempo, solo sentido común y conocimiento de las cosas sin mayores complicaciones.

En México por desgracia las cosas han sido notoriamente diferentes. Aunque al principio apuntaron bien. Como cuando al inicio de nuestra vida independiente el coahuilense Ramos Arizpe solo pidió tres días para elaborar el Acta Constitutiva de 1824. No necesitó más.

Por cierto, sobre esa acta Manuel Herrera y Lasso, quizá el más lúcido constitucionalista que México ha producido, escribió que: “resulta patente su mérito excepcional, que solo contiene 36 artículos y acredita la rara prudencia de su autor que supo resistir la atrevida idea de fabricar una Constitución, como el mundo, en siete días.” ¡Claro!, porque solo requirió de tres.

Lamentablemente mucho le ha fallado a la nación en este campo. Quienes han estudiado el tema de nuestras Asambleas Constituyentes, como Emilio Rabasa y Cosío Villegas, entre otros, no cesan de elogiar la labor desarrollada por los que tuvieron esa tarea en 1856-57. Aunque tuvieron su lado oscuro. Como el que narra Emilio Rabasa en su libro clásico “La Constitución y la dictadura” (1912), quien luego de decirnos que este Constituyente de 1857 dispuso de un año para terminar su tarea, escribió lo siguiente:

“… cuando estaba por agotarse el tiempo disponible, las sesiones tenían que suspenderse o no reanudarse por falta de quórum. Momento llegó en que fue necesario integrar ‘una comisión (que) fuera a los teatros a buscar diputados’… la cual volvió después de una hora e informó que en un teatro encontró siete diputados, de los cuales solo dos ofrecieron asistir a la sesión. Pero  la reunión se disolvió a las once  y media de la noche, convencida de que era inútil esperar más”. Lo anterior sin considerar que algunos diputados “se fingieron enfermos para ir al teatro”. Huelgan los comentarios.