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Premio Nobel de Alquimia / Numerados

  • Camilo Kawage

1.- La Real Academia Sueca de las Ciencias, y los diversos comités que entregan los premios mundiales más valiosos y codiciados de la era moderna no han revisado México en varias décadas. Nuestro ilustre diplomático Alfonso García Robles recibió el Nobel de la Paz en 1982 en mérito a una vida abocada al desarme, en particular a la proscripción de armas nucleares en América Latina, cuyo Tratado dora las letras del vasto acervo de la diplomacia mexicana y forma parte de nuestro orgullo. Célebre por otras razones, al también diplomático Octavio Paz le fue conferido el de Literatura en 1990 –el mismo que se ha otorgado estos días a Bob Dylan, cuyos méritos los jueces han valorado a su entender-.

2.- Los sabios escandinavos han preferido no voltear a nuestro país, seguramente porque sus criterios para discernir los galardones de física y química tendrían que incluir la magia y la brujería que aquí se practica con habilidades portentosas. La incredulidad de los científicos dejaría de tener parangones tradicionales, al descubrir hechos verificables producto de la alquimia hace tantos siglos borrada de las tablas terrenas. Nada más para los gobernantes de Veracruz sería necesario crear un Premio Nobel especial de alquimia, “por su inusitada capacidad de desaparecer vergeles, secar los ríos, agotar la riqueza de los veracruzanos y extinguir su innata alegría de vivir”.

3.- A mayor abundamiento “por avergonzar al resto de los mexicanos, hipotecar la seriedad financiera del país, y condenar a su población a dos años más de depauperación material y moral con otro gobernador de reputación más que en entredicho”. No podrían explicar los suecos cómo, gozando de todas las capacidades de ser un país por sí solo, con una riqueza natural suficiente para alimentar –y eso de forma exquisita- al resto de México y una población creativa, productiva y esencialmente feliz, Veracruz se encuentra al borde de la ruptura interna y en quiebra económica.

4.- Para nutrir sus parangones les vendría a la mente pensar en Holanda. Ésta tiene 41 mil 600 kilómetros cuadrados, y 17 millones de habitantes; Veracruz 71 mil 700 de extensión y población de 7.6 millones. Los Países Bajos cuentan con 450 kilómetros de costa, el Estado de Veracruz con 720. Solo que la riqueza de éste último y su capacidad productiva son potencialmente mayores a las de Holanda que es hoy el segundo exportador de comida y productos agrícolas del mundo, superado nada más por Estados Unidos –sin contar dimensiones-. Por eso la metáfora de que cuando uno tira una colilla en Veracruz, brotan árboles de Marlboro. Y naranjos, limoneros y cafetales; ingenios de azúcar y de intelecto; y hacia abajo, petróleo, gas, oro, plata, y jarochos.

5.- Con esos y todos los elementos que las ciencias exactas les proveen, los eruditos de la Academia Sueca no podrían comprender los milagros de Veracruz, que por si faltara, es también cuna de próceres de estatura universal –citar sólo a Reyes Heroles- e incluso, con los criterios que emplean hoy en día, les daría un laureado en literatura en la lírica inagotable de Agustín Lara. Aun así les sería difícil omitir para el Nobel de magia al gobernador que desapareció la riqueza de Veracruz y su esperanza; que convirtió su pradera ubérrima y su gente feliz, en campo de batalla y muerte, familias rotas y población despavorida.

6.- Tal vez por esas razones los científicos escandinavos tardarán en venir. No entenderían que Veracruz deba resignarse a poder ser el Estado más rico de México, y el más empobrecido.
camilo@kawage.com