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Procuraduría Social: ¿sirve de algo? / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Hay instituciones que equivalen a tirar el dinero por la coladera. Supongo que los gobiernos las tienen para dar empleo a miles de burócratas, un buen número de ellos incapaces de ganarse la vida en un empleo productivo.

La Procuraduría del Consumidor, de nivel federal, empezó funciones con el pie derecho. Al paso del tiempo se fue para abajo, se volvió una más de los oficinas donde el papeleo es embrollado e interminable y, en cuanto a solucionar conflictos, pocos resultados. Un premio gordo de consolación para políticos en desgracia.

Y si el elefante blanco, dependiente del Ejecutivo en turno, resuelve poco y mal, la Procuraduría Social del Gobierno capitalino es la debacle.

Tuvo objetivos claros: facilitar la convivencia entre condóminos, nueva fórmula de cohabitación, a la que los mexicanos no estábamos acostumbrados. Se hicieron enormes multifamiliares y empezó el guateque: los de arriba, fiestas diarias y es imposible pegar ojos. Los del último tiran la basura a los balcones de abajo. La del quinto estaciona su automóvil en el lugar de otro. Líos y más líos, con la probabilidad de acabar a balazos o perjudicando la propiedad del otro.

La revista Obras encargó una encuesta. La conclusión fue que los aztecas ignoraban las reglas mínimas de respeto en la convivencia. Con decir: en mi casa hago lo que se me da mi gana y que se fastidie el que no le guste, arreglan su conciencia. El abuso, a toda máquina.

Una señora me cuenta su tragedia. Compró en la colonia Anzures, en un edificio de cuatro pisos y solo ocho viviendas. Un vecino, dueño de dos, se adjudicó, sin más, el papel de administrador.

Fijó una cuota de mantenimiento, que incluye el agua –carecen de medidores individuales- y cada cual se encarga de su gas. Empezó por hacer pachangones en la azotea, con el consabido ruido; alcoholes y cigarro, junto a los tanques de gas.

Le pareció poca la hazaña y pasó a construir, según él, bodegas en las jaulas de tendido, además de colocar candados en un baño y en un cuarto para guardar los enseres de limpieza. Siguió la obra sobre los metros de todos, es decir, se robó las áreas comunes, se las metió a la bolsa y se las apropió.

La agraviada habló con él sin conseguir nada. Decidió entonces acudir a la Procuraduría Social. Se dirigió a la delegación, donde se supone hay una oficina de atención a estas quejas. Muy modositos, un par de jóvenes la turnaron a la central en Santa Fe. Allá fue a dar la desdichada. Detrás de la ventanilla, entre mordisco y mordisco a la torta, le explicaron que harían una junta de conciliación, con el interfecto, porque eran sus únicas atribuciones. Después de mes y pico, de pérdida de horas y desgaste, el susodicho maleante no se presentó.

Entonces le dijeron que al fulano se le aplicaría una multa, para lo que tenía que ir a otra oficina-en casa del diablo-. Que lo que le convenía era depositar el mantenimiento mensual, en el Tribunal Superior de Justicia, en la avenida Fray Servando y sacar un registro, para que la multa se hiciera efectiva, en la avenida Vallarta. ¡Cientos de kilómetros, de un lado a otro de la ciudad, sin que al ladrón del patrimonio vecinal se le obligue a tirar la arbitraria construcción y se le sancione!

Increíble la incompetencia y el que paguemos con nuestros impuestos una Procuraduría que no procura, inútil para ejercer la función para la que se creó, engendro de parásitos oficialistas que solo saben comer tortas y remitirte a un recorrido completo por el deplorable e injusto DF.

catalinanq@hotmail.com    Twitter: @catalinanq