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Producción

  • Pablo Marentes

El aumento de la producción mexicana de maíz registrada de enero a junio de este año, redujo en siete millones y medio de toneladas métricas las importaciones de ese grano. Algunos analistas negaron que hubiera crecido la producción mexicana. Según éstos, lo que creció fue el número de nuevos proveedores de maíz blanco. Otro dato que causó beneplácito fue que la cosecha de maíz de Sinaloa, cuyos ciclos de producción es de 40 días, aún no concluye. Las estadísticas corroboraron que el notable incremento en la producción nacional de ese grano es resultado de la experiencia cada vez mayor de los productores sinaloenses.

Hace unos siete u ocho años, cuando ocurrió una marcada disminución en la producción nacional de maíz debido a un exceso de lluvias torrenciales en Sinaloa, el gobernador de entonces, cuyo nombre no es sano recordarlo, desestimó iniciar el tercer ciclo agrícola. “Los sinaloenses estamos muy pendientes del mercado internacional. No queremos alterarlo. Sería desastroso para el mundo”. La conclusión del gobernador parecía inminente: preferimos mexicanos famélicos, que un mercado internacional “desordenado” por la superproducción mexicana. Y el gober hizo negocio particular montándose en la crecida demanda interna provocada por la escasez de maíz e hizo ingresar a su fortuna algunos buenos millones en utilidades marginales por el incremento del precio que tuvo que pagar el gobierno federal en turno para asegurar la oferta interna del grano blanco, como efecto del fino olfato de un gobernador internacionalista avezado en el aprovechamiento de la coyuntura.

Este episodio de opiniones respecto a las prácticas especulativas internacionales fue protagonizado por el gobernador sinaloense y un comentarista de un muy escuchado programa matutino de Radio Fórmula. Algunos economistas egresados de facultades universitarias, escuelas técnicas superiores y Chapingo escucharon estupefactos los razonamientos del avispado mandatario.

La especulación penetra la producción de pollo, cerdo, res, trigo, cebada, chiles. Y del azúcar en cualquier tipo y etapa de refinamiento. Aquí hemos señalado la posibilidad de que México se convierta en un importante productor de alimentos orgánicos. Una buena parte de la oferta provendría de las parcelas que cultivan los miles de familias campesinas que viven en las faldas de las montañas de las dos grandes Sierras Madre de México, que saben arar, sembrar y cultivar en esas condiciones adversas.

Pronto se presentarán ciclos de demanda de fibras duras naturales con motivo del abandono del empleo de fibras sintéticas y envases de plástico que ahogan la vida vegetal y animal en tierras feraces y en las cuencas oceánicas. Y tapan los sistemas de drenaje y de almacenamiento de aguas pluviales en las grandes ciudades del mundo. En Yucatán se sigue pensando únicamente en el reciente auge del turismo en el Golfo y el Caribe y el Pacífico mexicano, costas de Quintana Roo, Guerrero, Oaxaca, Jalisco, Colima, Sinaloa, la costa interna oriental de la península Baja California y la costa sobre el pleno Pacífico norte, en el borde externos oriental peninsular.

En cada puerto mexicano del Pacífico podrían venderse inmaculadamente empacados los cientos de metros de la blanca fibra natural de un metro 20 del resistente y blanco henequén que produce Yucatán que requieren las jarcias de maniobra, amarres, carga, y de labor de los grandes barcos de turismo interoceánico y los de cabotaje.