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Profesionistas desempleados / Resplandores / Benjamin González Roaro

  • Benjamín González Roaro

Hasta hace algunos años, para nadie era sorpresa que el desempleo impactaba con más fuerza a aquel segmento de jóvenes que, por carecer de estudios más allá de la educación básica, sus oportunidades de participar en el mercado laboral resultaban verdaderamente limitadas; sin embargo, este problema se está revirtiendo, al parecer hoy afecta por igual –o tal vez con mayor contundencia– a los egresados de educación media superior y superior.

Para estos jóvenes cursar el bachillerato, educación técnica o profesional está dejando de ser garantía para acceder a un empleo; ya no hablemos si el objetivo es conseguir un trabajo bien remunerado.

Muy seguramente, para esos jóvenes será frustrante encontrarse con que casi la mitad de los egresados de dichos niveles educativos no encuentran trabajo.

Al finalizar el año 2015 existían cerca de 953 mil 269 personas sin empleo que tienen grado de educación medio superior y superior. Esta cifra representa, increíblemente, el 42.5 por ciento del total de desempleados que hay en el país. Por mucho, estos jóvenes rebasan a aquellos que sólo cuentan con secundaria completa (37.6 por ciento) y primaria completa (14.4 por ciento). Dicho de otra manera, el desempleo está pegando de manera directa a quienes cuentan con mayor grado de escolaridad.

Es incomprensible la manera en que los jóvenes considerados con alto nivel educativo terminaron por convertirse en el grupo más numeroso entre los desempleados. Después de representar el 32.5 por ciento de la población sin empleo en el año 2008, en el 2015 pasaron a ocupar ese 42.5 por ciento.

Lo anterior es parte de las conclusiones que arroja la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (INEGI) y que por obvias razones, sus resultados han pasado desapercibidos debido a las diferentes lecturas en un escenario económico adverso y con evidentes signos de estancamiento.

Si bien, durante muchos años se consolidó la expectativa de que a mayor educación mayores oportunidades para conseguir un empleo digno; la información que recientemente se dio a conocer echa abajo no sólo un sueño, sino también la esperanza de un mejor futuro para miles de jóvenes.

Con motivo de la publicación de los resultados de dicha Encuesta, se ha comentado que esta situación obedece a que los más educados tienen mayores aspiraciones profesionales y que por lo mismo no aceptan cualquier trabajo. Tal vez esto tenga algo de razón, pero lo verdaderamente cierto es que el mercado tampoco tiene la capacidad para generar empleos y salarios de calidad. Esta es la realidad.

Es una lástima y una contradicción que contando con prestigiadas instituciones de educación superior tanto públicas y privadas, en donde la calidad de la educación que se imparte es reconocida dentro y fuera del país, los egresados se enfrenten con esta decepcionante realidad.

Por ello, me atrevería a plantear que tal vez ha llegado el momento de revisar y reformular aquellas políticas públicas que por años pusieron énfasis en lograr una mayor vinculación entre el sector productivo y los centros de educación media superior y superior. Este enfoque cumplió con sus objetivos puesto que las instituciones educativas están cumpliendo con su responsabilidad, pero hoy existe un nuevo desfase; el mercado laboral sigue en la parálisis y sin posibilidad de absorber a las nuevas generaciones de egresados.

Hoy, la prioridad es generar suficientes espacios que permitan garantizar empleo a esas 953 mil 269 personas que no sólo están viendo truncadas sus aspiraciones personales, sino que también se les está cancelando la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias.