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Puerto Vallarta: su peor propaganda

  • María Antonieta Collins

María Antonieta Collins
El avión repleto de turistas estadunidenses llegó al aeropuerto de Dallas, mientras la mayoría de pasajeros procedentes de Puerto Vallarta tenían, palabras más, palabras menos la misma idea saliendo de sus bocas:

“Bienvenidos a la civilización” -dijeron unos- mientras otros más le añadían: “¿En que están pensando en el aeropuerto de Vallarta haciendo al turista caminar como loco a lo largo de las pistas, claro, siempre desde dentro del edificio? pero distancias al fin, que son laaargas y con uno cargando cosas porque nadie avisa lo que va a pasar. Y lo peor… ¡¡que tienen sin funcionar las bandas que transportan el pasaje, mientras uno camina y camina!!”

Me sentí avergonzada por algo que viven a diario ahí los turistas y que vivimos junto a mi camarógrafo Jorge Álvarez que me acompañaba en la asignación que nos llevó a aquel puerto…

“Esta gente tiene toda la razón en decir eso. ¿A quién se le puede ocurrir que el turismo desembarque en una terminal remota y que caminando vaya kilómetros hasta la aduana? ¡Seguramente a alguien que a todas luces no está haciendo su trabajo y que no sabe cómo tratar a un turista!”, dijo Álvarez.

Me sumo al coraje del camarógrafo que ha tenido que hacer el trayecto cargando su pesadísima cámara sin que nada pudiera hacer ver que pronto llegaríamos al final de inmensos pasillos.

“Lo peor no era solo eso… ¡¡lo peor era ver las bandas que transportan pasaje y que no estaban funcionando!! Eso es lo que lo pone a uno furioso, porque entonces hablas de la indolencia”.

Otros turistas recién desembarcados del avión se quejaban amargamente.

“¿Esta es la mejor cara de una ciudad turística? Si las cosas son desagradables, se ponen ruidosamente peor nomás llegar a los carruseles del equipaje que emiten unos rechinidos atronadores dejando en evidencia que hace años que no han sido engrasados. Es desagradable y me quejo con un empleado de American Airlines.

“Nosotros sabemos eso, pero lo único que podemos hacer es reportarlos. Tampoco nos hacen caso, tenemos mucho tiempo diciéndoles lo mismo, pero todo sigue igual. Le pregunto por las bandas en el larguísimo pasillo de la sala de llegada hasta la aduana y migración…

“Es lo mismo. Tienen semanas así y nadie las compone”. Le digo que si no cree que esa es la peor cara, y la primera que un sitio tan bello y tan visitado por el turismo canadiense y americano, muestra al que recién arriba al puerto que hiciera famoso Elizabeth Taylor. “Lo sabemos, pero, ¿qué podemos hacer nosotros?”. Olvidé el sinsabor de ese primer encuentro… hasta el día de la salida.

“No puedo creer que tenemos que caminar otra vez la misma distancia”, dice consternado el camarógrafo Álvarez. “¡Le ronca el mango!”, afirmó en su caribeño lenguaje. No estaba solo. Aquella pléyade de turistas que regresaban de las vacaciones hacían todo tipo de recordatorios familiares a las autoridades de la terminal aérea a quienes poco importan las incomodidades del aeropuerto vallartense. “Qué barbaridad con esta gente a la que no le importamos”, -comenzaron a decir, sin parar los turistas-. “Únicamente les funcionamos para comprar en todas las tiendas de este aeropuerto”. El camarógrafo y yo tuvimos que escuchar toda clase de quejas, ya que veníamos caminando con aquel pelotón de sufridos turistas. “Y, ¿por qué las aerolíneas que deberían exigir las reparaciones y velar por su pasaje no busca la comodidad de éste?