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Punto de Vista

  • Jesús Michel

  • Jesús Michel Narváez
  • Aquelarre azul…

 

Nadie debería llamarse sorprendido por la disputa del poder en el PAN. Ricardo Anaya, un desconocido en la política nacional, subió como la espuma al presidir la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, decisión tomada por el hoy apestado Gustavo Madero. Apodado “El niño maravilla”, el dirigente de Acción Nacional tejió fino para convertirse en el rostro juvenil del viejo partido opositor.

Hay que decirlo: en solamente dos años escaló el monte Eve-rest sin que tormenta alguna se convirtiera en avalancha. Sorteó obstáculos y en las pasadas elecciones estatales se apuntó éxitos inesperados. Junto con su aliado, el PRD, le arrebató al PRI cuatro Estados en los que no conocía la derrota. El triunfo, por supuesto, lo ha cacareado como debe ser. Y todo lo ganado lo hace pensar en que ya está preparado para jugar en las grandes ligas presidenciales.

Mas en su afán protagónico, deja en el camino muertos que podrían revivir a través de grupos que no quieren ser desplazados. El hecho de que Madero recrimine haber sido hecho de lado en la decisión de presidir la Mesa Directiva de los diputados ha levantado tanto polvo que parece tornado amanerando con llevarse lo edificado. Hoy Anaya busca demostrar que es el “único líder” en el PAN y toma y asume posturas un tanto cuanto suicidas.

Los que no son de su grupo tienen todavía armamento político que preparan para disparar en el momento preciso. ¿Habrá tomado en cuenta el arsenal de sus “compañeros” de partido? Me da la impresión que no. En política no se dejan cabos sueltos.

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