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Punto de vista

  • Jesús Michel

Jesús Michel Narváez

 

Tenso, no terso…

 

Hace buen tiempo, quizá 49 años, que un Grito de Independencia no se realiza de manera tersa. Diríase que han sido tensos. Un año antes del ya histórico ’68, Gustavo Díaz Ordaz se llevó las palmas sin abucheos. Lanzó la arenga y todo mundo feliz. Luis Echeverría fue el primero en añadir frases y nombres. Incluyó al “Tercer Mundo” y López Portillo a la Corregidora. Zedillo agregó ¡Viva nuestra libertad! ¡Viva nuestra democracia! Y Fox la alargó con su ¡Viva la unidad nacional y la paz!

No obstante los esfuerzos de todos los gobiernos por hacer de El Grito la ceremonia que dignifique la existencia de los mexicanos, con el paso del tiempo ha ido convirtiéndose en una especie de desfogue por los problemas repetidos sexenio a sexenio.

Éste no será la excepción. Después de librar Ayotzinapa y la Casa Blanca, hoy el presidente Enrique Peña Nieto enfrentará la crítica por haber recibido a Donald Trump como jefe de Estado y no como el enemigo de los mexicanos.

Décadas atrás, la ceremonia de El Grito convocaba unas ciento cincuenta mil personas que se ubicaban en la Plaza de la Constitución y en las avenidas que a ella llegan. Disfrutaban los pambazos, esquites, tamales, pozole, buñuelos y todo lo imaginable que arribara al colon. Los sombreros gigantes, los bigotes postizos, las banderas, las trompetas, los huevos con harina, los silbatos, los algodones azucarados. Todo formaba parte de la fiesta. Con el paso de los años, la asistencia se ha reducido. Ora por ausencia de interés personal, ora por el exceso de vigilancia.

Hoy será tenso y no terso El Grito de la Independencia.