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Punto de Vista

  • Jesús Michel

Jesús Michel Narváez

De pechito…

Acusar, siempre lo he dicho, es fácil. Lo difícil es comprobar. A López Obrador se le ha permitido todo. Y cuando digo todo, es todo. Basta revisar su arribo a la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal en el año 2000. No cumplía con los requisitos de residencia que exige el artículo115 en su párrafo sexto del inciso III y que a la letra dice: Solo podrá ser Gobernador constitucional de un Estado, un ciudadano mexicano por nacimiento y nativo de él o con vecindad no menor de cinco años, inmediatamente anteriores al día de la elección. No demostró su estancia. Ernesto Zedillo, que decía públicamente: “estoy mirando al próximo Jefe de Gobierno” y fijaba la mirada en Alfredo del Mazo, creyó que el tabasqueño no tenía con qué ganar.

Se le permitió cerrar por 46 días Paseo de la Reforma, desde Circuito Interior hasta el Zócalo, pasando por Juárez, 5 de Mayo y Madero. Nadie osó molestarlo y menos, por supuesto, el democrático Alejandro Encinas quien trabajaba de su sustituto. Se le dio permiso de esconder el costo del Segundo Piso. Se le permitió que su secretario particular, René Bejarano, recibiera miles de dólares de parte de Carlos Ahumada.

Todo se le ha permitido. Recientemente y con motivo del enfrentamiento en Nayarit entre elementos de Marina y criminales armados hasta los dientes, López Obrador afirmó que “asesinaron a menores”… “fue una masacre”. Y en Washington, después de ser encarado por Antonio Tizapa, padre de uno de los 43 jóvenes desaparecidos la noche del 26 de septiembre de 2014, ratificó que fue el Ejército el que se los llevó. Finalmente le ponen el alto: si tiene pruebas, que vaya al ministerio público. No irá. No las tiene. Solo es lenguaraz.

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