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Punto de vista

  • Jesús Michel

Opiniones surgidas de todos los sectores –excepto de la CNTE- en el momento en que se aprobó la Reforma Educativa: “Es la más importante de toda la batería de reformas que se han aprobado gracias al Pacto por México”. Lo dijeron los del CCE, del SNTE, de la ANB, los de Concanaco, los de Concamin, de la misma Iglesia. Porque, el argumento es del todo válido, se trata de una reforma que construirá el futuro educativo de México. Vaya, el gran paso.

Sin embargo, los de la CNTE, sobre todo de la Sección 22, la consideran una “afrenta” a sus privilegios y se tornan necios sin límite. La afirmación de Francisco Bravo Herrera, miembro de la Comisión Nacional Única de Negociación, de que la respuesta del Gobierno es insuficiente porque no “toca la Reforma Educativa ni está resolviendo la exigencia de abrogarla, por lo cual inició el conflicto”, revela que a los disidentes no les interesa el futuro del país, de los niños, de los jóvenes sino que les devuelvan sus canonjías: heredar plazas, plazas automáticas, manejo de institutos educativos estatales, aportación de recursos sin comprobación, etcétera.

Frente a la necedad y la intransigencia que afecta a millones de educandos y otros tantos de terceros que nada tienen que ver con el conflicto, las opciones se cierran. Los bloqueos carreteros, la ausencia en las aulas, las “marchas sin ton ni son” y las provocaciones manifiestas de quienes las encabezan, no pueden ni deben estar “por encima de la ley”. No se trata de represión. Se trata de rescatar el Estado de Derecho. ¿Eso es muy difícil de entender en Gobernación?