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Punto de Vista

  • Jesús Michel

Perdón ¿y olvido?…

Eran las 13 horas del uno de septiembre de 1982 cuando un presidente de México dejó resbalar una lágrima por su mejilla. Era José López Portillo, toda emotividad para su vida –en ocasiones más frívola que sensata- el que clamaba ante diputados, senadores, secretarios de Estado, invitados especiales lo que le hizo falta en su Gobierno. Rendía su sexto y último informe. Era la frase: a los desposeídos les pido perdón… la voz se entrecortó… la lágrima brotó. Sí, perdón a los que no pude cumplirles.

Primera ocasión en la historia de los presidentes de México que uno de ellos pedía perdón a los que no les cumplió. Ayer fue la segunda. El tema: la Casa Blanca. Enrique Peña Nieto, sin lágrimas, pero sí con el mismo vocablo: perdón…

Para llegar al mismo, se tiene que dar el contexto: “(…) no obstante que me conduje conforme a la ley, este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial, y dañó la confianza en el Gobierno. En carne propia sentí la irritación de los mexicanos. La entiendo perfectamente. Por eso, con toda humildad, les pido perdón. Les reitero mi sincera y profunda disculpa por el agravio y la indignación que les causé”.

Mientras el Presidente hablaba en Palacio Nacional, frente a la clase política, empresarios e invitados especiales después de promulgar el Sistema Nacional Anticorrupción, la oficina de comunicación de Los Pinos emitía un comunicado en el que daba a conocer que la propiedad motivo de la indignación ya no es de la señora Angélica Rivera. El contrato de compra-venta fue cancelado. Perdón y ¿olvido?