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Punto de vista

  • Jesús Michel

Antes de que la oposición ganara la Presidencia de la República con Vicente Fox, nunca se dio el caso de hablar de “la pareja presidencial”, “son mejores que nosotros” (refiriéndose a su esposa), “no es ilegal que sea Presidenta de México”. Lo más que se decía era: “la señora es frívola”, “la señora bebe”, “la señora está de fiesta”.

Desde que el PRI, digámoslo así, institucionalizó la Revolución –los postulados de quienes ganaron, para ser precisos- y asumió la Presidencia de la República en 1929 con la asunción de Pascual Ortiz Rubio y hasta Ernesto Zedillo, pasando por los generales y “el cachorro de la Revolución”, no hubo intentona alguna por la esposa del Presidente para suceder a su marido. Ni tiempos después.

Sin embargo, con Fox, que secuestró al PAN como lo hizo ahora Trump con el Partido Republicano, las reglas del juego cambiaron y radicalmente. De tener a una vocera que pasó a esposa del Jefe del Ejecutivo, hasta mostrar sus aspiraciones para ser la “primera mujer en gobernar a México”, lo cual representaría el “empoderamiento” femenino, no pasó mucho tiempo. Desde la residencia oficial, Fox impulsaba a su media naranja.

De ahí que escucharlo decir “me vomito” cuando alguien quiere lleva a la familia a la política, me hace suponer que aún no se detiene la hemorragia a raíz de la mordedura de lengua. Acusar a su sucesor, que también le secuestró la candidatura, de querer perpetrarse en el poder a través de su esposa, Margarita, me parece un exceso.

En lo personal no creo que la señora Zavala gane la nominación y después la elección. Si así fuera, se habrán cumplido las reglas de la democracia. ¿Por qué vomitar?