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Punto de Vista / Jesús Michel Narváez

  • Jesús Michel

¿Se vale destruir la historia?… ¿esa historia que nos da pasado y nos muestra grandiosidad?… ¿esa historia de la cual todos aprendimos y aprendemos cuando aún existe?

No soy chauvinista ni mucho menos admirador de las deidades que nada aportan. Amo la belleza física de las obras grandilocuentes que surgieron en la imaginación y creatividad de los genios. Sí, genios que lo mismo diseñaban un acueducto que un helicóptero cuando nadie apostaba más allá de las alas quemadas de Ícaro.

No sé si México deje de ser interesante para el amante de las ruinas. No sé si llamaría igual la atención si no contara con Chichén Itzá, Teotihuacán, Palenque, Montalbán o el Templo Mayor ubicado en el Centro Histórico del Distrito Federal o la antigua Tenochtitlán. Tampoco sé si en realidad son piezas, edificaciones que marquen rumbos urbanísticos o si son simplemente un puñado de piedras acomodadas inteligentemente para que no se caigan. Admito mi ignorancia, sin embargo, entiendo el valor que representan las obras edificadas hace mil años o más.

De ahí que mi tragedia, personal, sea mirar cómo se ha destruido prácticamente toda Palmira, en la devastada Siria. Una foto, la que le presenta El Sol de México este día en su primera plana, da cuenta de la belleza del Arco del Triunfo. Con 2 mil años edad, ayer murió a manos de los ignorantes, agresivos y asesinos integrantes del grupo que se denomina Estado Islámico.

Duele y mucho, mirar cómo por venganza “ordenada” por Alá se borran las huellas de la tierra prometida. ¿Eso quiere el mundo?