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Punto de Vista / Jesús Michel Narváez

  • Jesús Michel

Se dice que el hubiera no existe, porque no es verbo. Pero cabe aquí: si en 1985 hubiera existido la cultura de la prevención como en la actualidad, probablemente muchas vidas se habrían salvado.

Cierto: la tecnología es ahora la virtud de la prevención. Funciona y bien. Hay que reconocerlo. Ayer la Ciudad de México sintió dos temblores. Ligeros, suaves si usted quiere, pero movimientos sísmicos, al fin y al cabo. Sonaron las alertas y todo mundo, consciente de lo que podría pasar, siguió los protocolos: no correr, no empujarse, no entrar en pánico.

Ordenadamente miles de personas, niños, jóvenes, adultos, ancianos, salieron de las ubicaciones en donde se encontraban: edificios, casas, comercios. Con serenidad, mientras el ulular de las alarmas no cesaba, se colocaron en los sitios que presuntamente son los seguros para evitar una tragedia.

Reconocer que el pasado 19 de septiembre, cuando se cumplieron 30 años del terremoto que devastó gran parte del Distrito Federal, principalmente el Centro Histórico y zonas como la Doctores, Morelos, Roma, Juárez, Cuauhtémoc, etcétera, el magno simulacro dejó huella, no es ni lisonja ni ocioso.

Qué bueno haber superado el miedo que se transformaba en pánico. Qué bueno que la infraestructura urbana tenga mayores resistencias.

Lo mejor, sin embargo, es cómo los que habitamos el Distrito Federal entendemos, cuando menos un poco, la cultura de la prevención.

Dicen que la burra no era arisca, sino que la hicieron. Antes teníamos miedo. Hoy caminamos hacia el lugar menos endeble. Sabemos que un temblor puede ser catastrófico y, sin embargo, lo tomamos con calma cuando se presenta. Ayer fue un ejemplo.

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