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Punto de Vista / Jesús Michel Narváez

  • Jesús Michel

Salen de la nada. Es, está comprobado, un movimiento mundial. Nadie sabe qué quieren y quién los dirige. Pero están ahí. En cada evento contra la autoridad, sea la que fuere, están presentes. Son los anarcos. Encapuchados. Con la mochila en la espalda. Los tenis rotos, pero de marca. Todos tienen brazo de pitcher: lanzan a largas distancias y atinan en el blanco. Son capaces de ponchar a más de tres, aunque porten trajes antimotines.

No obstante su presencia, la marcha del 2 de octubre fue pacífica. Unas entre 20 y 25 mil personas caminaron desde cuatro puntos y confluyeron en la Plaza de la Constitución, en donde la monumental bandera se ubicaba a la mitad del asta, lo que representa el reconocimiento de luto. En el estrado, los dirigentes recordaban y reclamaban. Lo hacían de frente, sin rostros cubiertos, sin piedras en las manos y sin bombas molotov que arrojar. Discursos repetitivos pero congruentes. Ellos, los pocos que quedan del movimiento del ’68 saben articular el mensaje.

Una lástima la presencia de los anarcos. Pretendieron repetir el numerito de incendiar la Puerta Mariana de Palacio Nacional. No esperaban que dos centenares de policías federales les salieran al paso y evitaran su intento flamígero. Vino el enfrentamiento. Y en cuanto los azul-negro comenzaron a marchar y lanzar gas lacrimógeno, cual liebres emprendieron la huida para chocar con los policías del Distrito Federal, quienes actuaron y detuvieron a una veintena.

Habrá de reconocerse el operativo de la autoridad de la Capital del país y admitir, pese a quien le pesare, el buen manejo que del tema hizo Patricia Mercado. Cero y va dos buenas. Puntos para el 2018.

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