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Putin y Erdogan, de aliados a enemigos. La rivalidad entre el Zar y el Sultán (I)

  • Carlos Siula

Carlos Siula / El Sol de México

Corresponsal

PARÍS, Francia. (OEM-Informex).- El reciente incidente aéreo entre Rusia y Turquía puso en evidencias las enormes similitudes y –al mismo tiempo– la tremenda rivalidad que existe entre los presidentes Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan.

Los dos son ambiciosos, vanidosos, arrogantes, pertinaces, pérfidos, maquiavélicos, rencorosos e implacables. En una palabra, ambos tienen todas las características que debe poseer un dirigente y coinciden -en última instancia-, en su ambición de transformar sus respectivos países en grandes potencias, respetadas –y temidas– a nivel internacional.

Hasta hace apenas algunos meses, los dos hombres eran los mejores aliados del mundo a tal punto que las potencias europeas comenzaban a inquietarse con la amenaza que podía representar un eje Moscú-Ankara. El 7 de diciembre de 2014, incluso, los dos dirigentes firmaron el acuerdo para construir un gasoducto bajo el Mar Negro, llamado Turkish Stream, que simbolizaba la nueva alianza turco-rusa. Rusia también comenzó a construir una central nuclear en Turquía. Pero ese acercamiento voló en astillas poco después, cuando las ambiciones estratégicas de ambos líderes entraron en colisión sobre el tablero de la guerra civil siria.
Un siglo después

Todas las noches, cuando cierran los ojos antes de dormirse, Putin y Erdogan sueñan con los contornos que imaginan para Turquía y Rusia en el siglo XXI. En países y contextos diferentes, ambos fantasean con reconstruir los imperios perdidos.

Cien años después de la Primera Guerra Mundial, que culminó con el derrumbe del imperio otomano y de la Rusia zarista, los dos dirigentes más dinámicos y controvertidos del polvorín euroasiático anhelan restaurar las viejas glorias pasadas. El caso de Putin es tal vez más traumático porque su país vivió la pesadilla del ocaso dos veces en un mismo siglo: en octubre 1917 el imperio ruso se desplomó arrasado por la revolución bolchevique y, 72 años más tarde, la caída del Muro de Berlín precipitó el desmoronamiento de la Unión Soviética.

Sin habérselo propuesto, Putin y Erdogan siguen trayectorias paralelas, corriendo detrás de la ilusión de resucitar la influencia, el poder y la grandeza que tuvieron los 39 grandes príncipes, zares y emperadores que gobernaron Rusia desde 1283 a 1917 o los 41 sultanes que reinaron como dioses en la Sublime Puerta de Estambul desde 1281 a 1917.
Al borde del polvorín

Los dos países, que a principios del siglo XIX figuraban entre las cinco potencias más poderosas del planeta, son ahora “potencias regionales”, como definió con desdén el presidente norteamericano Barack Obama. Pero esos dos gigantes territoriales y demográficos, que totalizan una población de 220 millones de personas, están ubicadas en dos de las regiones más explosivos del planeta.

Las fronteras de Rusia son puntos de fricción al rojo vivo en Europa Central, en las costas del Mar Negro -sobre todo en Ucrania, Georgia y Moldavia-, y hacia el Este en los confines siempre indecisos con China.

Turquía es la pieza estratégica clave del conflicto de Oriente Medio y de las cenizas –aún ardientes– del conflicto Este-Oeste: considerada como la sexta potencia militar del mundo, el país –miembro de la OTAN– controla los vitales estrechos del Bósforo y los Dardanelos, y mantiene una presencia inquietante en el Mar Negro y en el Mediterráneo Oriental. Su frontera con Siria, en particular en la zonas pobladas por las minorías kurdas y turcomanas, se convirtió ahora en un foco de graves tensiones con los yihadistas del grupo Estado Islámico y con los militares rusos que operan al norte de Latakkia, y en un tema de fricción diplomática con Estados Unidos.
Gemelos enemigos

Putin y Erdogan tienen muchas cosas en común, no solo la herencia de un pasado glorioso y su influencia en la vida nacional, sino las vicisitudes de un presente que plantea desafíos relativamente similares.

Los presidentes ruso y turco tienen casi la misma edad (Erdogan 61 años y Putin 63) y ocupan el poder, bajo diversas formas, desde más o menos la misma época (1999 en el caso de Putin y 2002 de Erdogan).

También comparten un mismo discurso -que incluye fuertes dosis de nacionalismo, nostalgia del pasado y críticas al liberalismo de Estados Unidos y Europa- y un fervor religioso, real o fingido, que les facilitó el ascenso y la estabilidad en el poder. Putin utiliza la influencia de la religión ortodoxa para promover el nacionalismo, su política de expansión y anexionismo -como ocurrió en Georgia y Ucrania- y para extender la influencia rusa en el mundo eslavo. Erdogan extrajo su ideología de los principios fundadores de la Hermandad Musulmana y se percibe a sí mismo como el principal defensor de los sunitas en el mundo árabe.

Sus respectivas visiones de la autoridad, basadas en los valores tradicionales de sus respectivos fervores religiosos, fueron construidas en gran medida en el rechazo de los principios occidentales.
Los nuevos Lawrence

Como ocurre con todos los regímenes autoritarios, la idea de un Estado fuerte justifica la concentración del poder, la represión de la oposición, el control de internet y la limitación de la libertad de prensa.

En una reciente diatriba contra Occidente, pronunciada frente a los estudiantes de la Universidad Marmará, de Estambul -la capital tradicional del imperio-, Erdogan denunció a los nuevos Lawrence de Arabia que quieren desestabilizar” su país. “Hace 100 años, algunos se levantaron contra el Imperio Otomano (…) Los mismos siguen existiendo en la actualidad. Lawrence era un espía inglés disfrazado de árabe. Hoy los espías son quienes traicionan a su propio país”.

Luego fue aun más preciso: “Hoy hay nuevos Lawrence disfrazados de periodistas, religiosos, escritores o terroristas (…) que se ocultan detrás de la libertad de prensa, la guerra de independencia [los kurdos] o el yihad [los sectores más radicales del islamismo]”.
Un capítulo abierto

El foco principal de su argumentación anti-occidental son los llamados tratados Sykes-Picot, firmados en 1916, que permitieron a Francia y Gran Bretaña repartirse los despojos del imperio otomano en Oriente Medio.

Para Erdogan ese capítulo no está cerrado. “Esperaremos al año próximo para debatir los acontecimientos de 1915”, dijo hace un año en París, aludiendo al genocidio armenio.

Ese dramático episodio, a su juicio, hasta ahora “no pudo ser evaluado de manera constructiva”. La crisis de los refugiados, las dos elecciones legislativas, la represión de los kurdos y las fricciones con Rusia le impidieron reabrir esa discusión, pero Erdogan sigue diciendo que ese capítulo no se terminó de escribir.
Un orden cuestionado

Putin, por su parte, insiste desde hace años en definir la caída de la URSS como la “mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. A partir de ese postulado, en cada una de sus intervenciones sobre política internacional denuncia la “supuesta victoria [occidental] en la guerra fría”, que justificó la ambición norteamericana de “remodelar el mundo” y “lanzarse a aventuras de conquista”. Además afirma que Estados Unidos mintió y actuó de mala fe después del derrumbe del imperio soviético, cuando se comprometió a “no extender la influencia de la OTAN” en Europa del Este.
Críticas al lobo

La expansión de la OTAN “representa una seria provocación que reduce el nivel de confianza recíproca […] ¿Contra quién se realiza esta expansión? ¿Dónde están las garantías que recibimos de los occidentales después de la disolución del Pacto de Varsovia? Hoy nadie se acuerda de esas declaraciones”, exclamó Putin el 2 de febrero de 2007.

Fue apenas días después, el 11 de febrero, que Vladimir Putin expuso concretamente su indignación ante la Conferencia de Seguridad de Múnich con una frase que pasó a la historia: “El camarada lobo sabe a quién comer y come sin escuchar a nadie”, proclamó.

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