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Que la academia prevalezca sobre la política / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

Como antiguo alumno de la Escuela Nacional Preparatoria y de la Generación del Cincuentenario de la Escuela Nacional de Jurisprudencia y, desde hace ya casi 65 años de antigüedad, miembro de la comunidad académica de nuestra máxima casa de estudios en la Facultad de Derecho, he tenido el honor y el privilegio de desarrollarme profesionalmente y contribuir a la formación de las nuevas generaciones de abogados en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Por eso siento como parte de mí, por eso siento mía a la UNAM y por eso, como miles y miles de universitarios más, la amo y la respeto y cualquier asomo de inquietud que la cimbre me estremece, porque, insisto con toda mi pasión, la siento en mi carne, en carne viva.

Hace ya casi tres lustros nuestra máxima casa de estudios sufrió la que yo podría calificar de haber sido la más grave crisis institucional que ha enfrentado. Los hechos de 1929 resultan pálidos ante los peligros que la acecharon cuando 70 años después sobrevino un paro que la cerró por meses y que la colocó al borde de su cierre. La crasa inacción gubernamental fue absurda, criminal y perversa. De ahí que haber participado, junto con el doctor Ignacio Burgoa Orihuela y otros ilustres académicos, en la defensa de la integridad de nuestra UNAM con el objeto de coaccionar jurídicamente al aparato estatal, para lograr la recuperación de las instalaciones universitarias y la reinstalación del Estado de Derecho que durante el conflicto acaecido entre 1998 y 2000 habían sido secuestrados, se impuso como nuestro deber.

Sin embargo, desde entonces data un resabio conflictual por demás lamentable para la conciencia y el alma universitarios. Un resabio que nunca hasta ahora ha podido ser resuelto: la recuperación de uno de los más emblemáticos espacios universitarios ubicado dentro del maravilloso Campus Central de Ciudad Universitaria -inscrito éste en la Lista del Patrimonio Mundial en 2007 al haber sido declarado por el Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO en la ciudad de Christchurch, Nueva Zelanda, “un conjunto monumental ejemplar del modernismo del siglo XX”, me refiero al entrañable Auditorio “Justo Sierra” de la facultad hermana de Filosofía y Letras, bautizado así en nombre del ilustre “Maestro de América”, “cuya cuna no se meció en vano en el maravilloso Campeche”. Emblemático recinto, inaugurado en 1954, del que fue despojada la UNAM desde hace 16 años sin que hasta la fecha haya podido ser recuperado y reabierto a las actividades propias de la vida universitaria.

Indudablemente desde el primer momento pudieron y podrían haberse incoado las acciones jurídicas pertinentes ante tal ilícito, pues además de ser inmueble que forma parte del Patrimonio Mundial, el orden jurídico nacional lo protege y tutela a través de la Ley General de Bienes Nacionales y de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticas e Históricas, pero lo grave es que muchas veces el Derecho queda supeditado a los tiempos políticos y a las coyunturas del y de los momentos que se transitan. El momento actual apunta a ser diferente, una luz se prende en el horizonte. Los distintos sectores y órganos de representación de la comunidad universitaria, encabezada por el rector Enrique Graue Wiechers, han manifestado en las semanas y días recientes su hartazgo y repudio ante este despojo incomprensible que solo ha contribuido a impedir el desarrollo normal de la vida académica universitaria.

Entre los universitarios no hay enemigos ni grupos radicalmente distintos porque el diálogo y la discusión son el camino que la Universidad nos enseña para buscar en la verdad la unidad de propósitos e ideales. Lo contrario nos divide y abre la puerta a la violencia. Y si algo requiere en todos sentidos la sociedad entera en estos tiempos de profunda crisis, es que la UNAM siga siendo ejemplo y paradigma -como lo ha sido desde su fundación- pues en ella inciden y coinciden los grandes problemas nacionales. Por eso mismo, hoy más que nunca debemos lograr que los valores académicos prevalezcan sobre los intereses políticos.

Lo reclamamos los universitarios, nos lo demanda el futuro de la nación.

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