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¿Qué le pasa a Europa?

  • Paul Krugman

Apropósito de las recientes elecciones en Francia creo que es justo hacer un par de preguntas sobre lo que está pasando en Europa.Para empezar, mientras que Francia recibe una cantidad asombrosa de mala prensa –gran parte de la cual proviene de ideólogos que insisten en que los generosos Estados de bienestar deben tener efectos desastrosos– es, de hecho, una economía bastante exitosa.

Aunque no se crea, es más factible que los adultos franceses en los mejores años laborales (de los 25 a los 54 años) tengan un empleo remunerado, que sus contrapartes estadunidenses.

Asimismo, son igualmente productivos. Es cierto que, en su conjunto, los franceses producen cerca de una cuarta parte menos por persona que nosotros, pero eso se debe, principalmente, a que tienen más vacaciones y se retiran más jóvenes, lo que, obviamente, no son cosas terribles.

Y, mientras que Francia, como casi todos, ha visto un descenso gradual en los empleos en las manufacturas, nunca experimentó nada comparable al “impacto chino”, que provocó que el empleo manufacturero en Estados Unidos cayera por un precipicio a principios de los 2000.

Entre tanto, contra el telón de fondo de esta economía que no es grandiosa, pero tampoco terrible, Francia ofrece una red de seguridad social más allá de los mejores sueños de los progresistas estadounidenses: atención de la salud de alta calidad garantizada para todos, una generosa licencia con goce de sueldo para los padres nuevos, educación infantil universal y mucho más.

En resumen, no se puede decir que Francia sea una utopía, pero, según la mayoría de los estándares, está ofreciendo a sus ciudadanos una vida bastante decente. Entonces, ¿por qué hay tantos que están dispuestos a votar por –de nuevo, no usemos eufemismos– una extremista y racista?

Sin duda que existen múltiples razones, especialmente la ansiedad cultural por los inmigrantes islámicos. Sin embargo, parece claro que los votos por Le Pen fueron, en parte, votos de protesta en contra de lo que se percibe que son funcionarios despóticos y desfasados que rigen a la Unión Europea. Y, desafortunadamente, esa percepción tiene un elemento de verdad.

A quienes hemos observado a las instituciones europeas lidiar con la crisis de la deuda que comenzó en Grecia y se propagó por gran parte de Europa, nos impactó la combinación de insensibilidad y arrogancia que prevaleció todo el tiempo.

Aun cuando Bruselas y Berlín se equivocaron una y otra vez sobre la economía –aunque la austeridad que impusieron fue tan desastrosa económicamente como advirtieron los críticos– siguieron actuando como si conocieran todas las respuestas, que cualquier sufrimiento en el camino era, en efecto, un castigo necesario por los pecados pasados.

Políticamente, los eurócratas se salieron con la suya con este comportamiento porque fue fácil intimidar a los países pequeños, demasiado aterrados para quedarse fuera del financiamiento del euro como para resistirse a demandas inaceptables. Sin embargo, la elite de Europa estará cometiendo un terrible error si cree que puede comportarse en la misa forma con los grandes jugadores.

Así es que seamos claros: todo lo que obtuvo el domingo la élite europea fue una oportunidad por tiempo limitado para enmendar su comportamiento.