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¿Quedan caballeros en la política?

  • María Antonieta Collins

María Antonieta Collins

Desde Miami

Ya no sabe uno si reír, llorar o ponerse a rezar. Paro de contar los días que quedan para los cinco meses que restan a la elección presidencial de noviembre próximo con la última reflexión del tema, que es para Ripley: “¿Dónde quedaron los caballeros que buscan un puesto público?” Con esperanza quiero pensar que siguen existiendo, aunque ciertamente en cualquier parte, menos en las filas de Donald Trump.

La declaración no era para menos. El presunto candidato había llamado a Hillary Clinton con todas las palabras que le cupieron en la boca: “La mitómana más grande de la historia”.

“¡Dios mío! ¿A dónde vamos a llegar? -preguntaba una colega en la redacción- ¿Cuándo fue que nos convertimos en esto?”.

Nadie pudo responder con certeza. Quizá el día en que, juntos, la prensa y los ciudadanos, hartos de los políticos tradicionales comenzamos a seguir y festejar más a quien llamaba la atención insultando a otros, hasta hacerlo un moderno ídolo de las elecciones.

No hay palabras para describir la retahíla de insultos diarios que un hombre puede dedicarle a una mujer en aras de ganar la primera magistratura del país.

Hillary Clinton se ha limitado a responder los ataques con elegancia, como debe hacerse, con cordura, guardando respeto a los electores, que quedan sin aliento al ver la escalada, cada día más y más aventurada, en cuando a ofender se refiere.

¿Acaso los hombres ya no guardaban respeto a una mujer? ¿Esto ya no existe?

¿Recuerda usted la famosa frase cuando alguna fémina hasta hace unos años sacaba de quicio a un hombre y este, en medio de una gran rabia contenida lo más grave que hacía era decirle: ¡Que lastima que usted no sea un hombre para que pudiera enfrentarle de otra manera!?

Eso es cosa ya de tiempos del diluvio, porque con toda esta maraña de insultos y vejaciones que a diario vemos, lo peor que ha hecho todo es sentar un terrible precedente: ahora insultarse es cuestión de unos contra otros, sin importar si son hombres contra mujeres o viceversa.

“Es romper las reglas del juego me dice alguien- eso, de acuerdo a los estrategas de Trump podría atraerle más votos de aquellos que están resentidos contra las mujeres”.

La situación es más compleja que eso. Quienes han aconsejado ese proceder han ignorado que es una espada de doble filo. Para muestra un botón.

Hace unos días, una millonaria republicana decidió no apoyar más la campana del presunto candidato y por el contrario darle su apoyo a
Clinton.

No voy más lejos. Conozco casos de republicanos de “hueso colorado” que alarmados ante lo que Trump dijo en las primeras horas del ataque al club gay de Orlando y después, con esto de llamar a su contrincante la mitómana más grande de la historia han dicho dos palabras: ¡Basta ya!

Me quedo pensando en que poco podría faltar para vernos igual que en las imagenes que usualmente te llegan desde países asiáticos donde los políticos “se entran a golpes entre ellos” con la variante aquí, que ya cualquier político podría arremeterla con sus contrapartes femeninas… total, si verbalmente ya lo hace un candidato a la presidencia, ¿por qué no lo harían los otros también?

¿Dónde quedó aquello de que “a una mujer no se lastima ni con el pétalo de una rosa”? Seguramente en letra de poema del siglo pasado, porque en aras de ganar los votos de los electores, al menos en EU, los caballeros podrían ya ser una especie en peligro de extinción.