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¿Quién mató al comendador? / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

¡Fuenteovejuna, Señor! (Lope de Vega). El horror del linchamiento de los hermanos Copado Molina, sacudió a todo México. Las imágenes dan constancia de la inenarrable barbarie, a cargo de una turba. Unos mil habitantes de Ajalpan, Puebla, torturaran y quemaron a los dos encuestadores, al confundirlos con maleantes.

¿Y el Estado de Derecho? Inexistente en regiones completas de la República. Se hace “justicia” por la propia mano, se ignora a las autoridades y se aprovecha el calor de la euforia para destruir lo que se encuentra al paso. La violencia escala, a los ojos de todos y se convierte en el signo de los tiempos.

Los jóvenes hacían una investigación sobre la tortilla procesada. En la localidad se quejaban del secuestro de algunos niños –lo que parece sólo era un rumor-. Cuando aparecieron dos hombres haciendo preguntas, los denunciaron y la policía los detuvo. A partir de ese momento el pueblo se puso en marcha, fue por los hermanos, los golpearon hasta matarlos y les rociaron gasolina y prendieron fuego.

Increíble que ocurran estos homicidios masivos, en pleno siglo XXI. Ejemplifican los calibres de ignorancia, de un grueso sector de la sociedad, además del resentimiento, la violencia a flor de piel y, en particular, la desconfianza en las autoridades y el constante sentimiento de inseguridad.

Si ya los tenía la policía, cuál fue el objeto de arrancárselos: la conciencia de la impunidad, de la negligencia de las autoridades, de la ceguera frente a las demandas ciudadanas. A estas percepciones habría que sumarles la presencia de los clásicos azuzadores, capaces de engañar a vecinos fáciles de contagiar por la histeria colectiva.

En unos cuantos años ha habido más de 300 linchamientos, sin que se castigara a los autores. En lo que va del 2015 se habla de 9 en Puebla, aunque en algunos casos la policía estatal llegó a tiempo y lograron salvar a las víctimas.

Se revivió la tragedia de septiembre de 1968, en la comunidad de San Miguel Canoa –también Puebla-. Felipe Cazals lo llevó al cine (1976) y se convirtió en un clásico de la filmografía. Allí murieron 7 alpinistas, a quienes se confundió con “agitadores”. Los campanazos convocaron a los habitantes, al igual que en Ajalpan. De nada sirvió la historia como recordatorio de lo que no debió volver a pasar.

Imposible justificar la barbarie, aunque muestra que la población se siente y está a la deriva. A la señora que me ayuda en la casa, la asaltaron en su propio domicilio. Golpearon a toda la familia, los ataron y les robaron lo poquísimo que tenían. Vive en Chalco, en el Estado de México.

Después de horas de espera y de soportar los malos modos de los burócratas, que deberían tomar la denuncia, la pusieron. Les aclararon que había poca esperanza de que se pescara a los ladrones. Los hicieron dar varias vueltas, sin que hubiera avances. Lo escribí y lo dije en uno de mis comentarios radiofónicos: ni se molestaron en dar respuesta.

La decepción de los agredidos se transforma en rabia silenciosa, en sed de venganza y en hostilidad contra autoridades inútiles, incapaces de dar seguridad.

En Ajalpan, el alcalde estaba en una comida, fuera (habría sido igual si hubiera estado allí). Dice que pidió auxilio al Secretario de Gobierno y que tardó demasiado. Los estatales niegan su declaración. La bolita, como siempre, de un lado al otro, mientras morían dos inocentes, de forma brutal. Mientras no haya un cambio radical, en cuanto a seguridad y justicia, el México bronco seguirá vivo.

catalinanq@hotmail.com

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