imagotipo

Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

Todos menos Mancera

México tiene la peor situación de toda su historia, de Acamampichtli hasta la fecha, en materia de pobreza y frustración. Nunca, desde luego, habíamos tenido tantos mexicanos en esta parte del territorio nacional, que nos quedó después del descarado robo por parte de Estados Unidos de América, en el siglo XIX, de más de dos millones de kilómetros cuadrados de tierra y tres millones de kilómetros cuadrados de mar. Como el Gobierno nos ha mentido tanto, que ni siquiera es capaz de decirnos el número y ubicación de las islas que forman parte del territorio Insular de México, tampoco estamos en condición de decir con certeza científica o jurídica qué porcentaje del patrimonio insular de México perdimos en aquel inolvidable e imperdonable despojo.

De ciento veinte millones de habitantes, más de ochenta millones se encuentran en situación de asfixiante carencia de recursos económicos suficientes para las exigencias, también sofocantes, del estilo de vida actual, ese que incluye calentador de gas, refrigerador, celular, estufa de gas y microondas o lavadora de ropa para una familia donde haya cuando menos un empleo con salario remunerador y prestaciones sociales. Por el contario, tenemos un Estado viscoso y malévolo que todos los días le declara su amor profundo a los pobres y humillados y con su otra carota de Jano los burla, escarnece y expolia o los desaparece de 43 en 43 hasta llegar a ser decenas de miles, más lo que se acumule esta semana. La pauperografía nacional es vergonzosa para el aparato público y para la sociedad de la que formamos parte.

La pobreza no nada más es éticamente imperdonable para México, sino que también se ha tornado peligrosa y desafiante, sea que se convierta en marchas y reparos o que se transforme en sicariado o narcomenudismo, en indocumentados o en ambulantaje informal, en prostitución o en asaltadores de todo jaez desde el Rififí moderno hasta el repugnante secuestrador cobarde y cruel que aterroriza o enluta familias enteras. México vive una película de terror que de tan descarnada y sangrienta no queremos creer que es un documental realista sino fílmicaficción.

Ya olvidémonos, si se pudiera, de la situación de la economía nacional con la mayor deuda de nuestra historia encima, o de la contaminación ambiental más grave de nuestra vida independiente en donde no se atreven a decir qué es peor, si la calidad del aire, la del suelo o la del agua, mientras premiamos con Embajadas diplomáticas a los ineficientes las ciudades del Valle de México, del de Toluca o del Valle de Guadalajara, etc.,  ocultan criminalmente los daños que ya se han causado a niños y adultos en estos últimos quince años, por lo menos. Se esconde, bajunamente, que son los pobres quienes más daño reciben en su salud por causa del deterioro ambiental, pero también que son precisamente de esa gruesa y gris franja de pobretud, quienes más padecen la inseguridad, el desempleo, la insalubridad, la discriminación, la mugre, el miedo y la humillación.

Se oyen los lamentos por doquier, de mi desdichada Borinquen, diría Rafael Hernández, pero ya los cebados se han alejado tanto del pueblo que ya no pueden escuchar sus quejas y sollozos. Antes era “Panem et circenses”, hoy es alcohol, droga y circo. Vasto lago de sangre nos circunda y estando ya la orilla tan distante, da lo mismo volver, que seguir adelante. Macbeth. ¿Y Mancera, “who cares”? La clase política está ocupada en los peinadores, el Manicure y sus joggings matutinos. Reloj, no marques las horas… Cantoral.

rojedamestre@yahoo.com