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Razón de Estado

  • Joaquín Narro Lobo

  • Joaquin R. Narro Lobo
  • El Sistema Nacional Anticorrupción

A penas el lunes de la semana pasada, el Presidente de la República promulgó las leyes del Sistema Nacional Anticorrupción. Se trata, quizá, del más grande pendiente que arrastraba la presente administración federal después de haber conseguido lo que algunos han dado por llamar “las 11 Reformas Estructurales”. Ni la Energética, ni la Educativa, ni la relativa a las Telecomunicaciones, ni la Hacendaria, ni la Políticoelectoral, valdrían de nada para los ciudadanos si a ellas no se antepusiera la creación de un sistema – complejo en su entramado, pero sencillo en su funcionamiento– que garantice que aquellas Reformas Estructurales no se conviertan en mecanismos para hacer ricos a unos cuantos a costa del resto de los mexicanos.

En el México de hoy, quizá nada ofende más a los ciudadanos que la corrupción que hay en ciertas áreas de Gobierno y que practican bastantes más que “algunos” servidores públicos. La corrupción y su inseparable compañera, la impunidad, son mucho más que una casa de grandes muros blancos o una casa de descanso en algún club de golf al sur del Estado de México. La corrupción y la impunidad son, además de males endémicos de nuestro sistema político, grandes ofensas para un pueblo que no termina de ver que su condición de vida mejore, que los empleos paguen mejores sueldos, que la seguridad haya hecho regresar la tranquilidad o que los servicios públicos valgan lo que cuestan.

En cualquier lugar y momento la corrupción es tóxica para la sociedad, pero cuando ésta no cuenta con lo básico, la corrupción es venenosa para los políticos. En el México de hoy, la corrupción ha envenenado a la clase política y la ha puesto al borde de la muerte. Por eso la promulgación del Sistema Nacional Anticorrupción es un antídoto no tanto para los ciudadanos, sino sobre todo para los gobernantes. Es, quizá como ninguna otra, una acción de Gobierno en la que mucho, el sistema mismo como hasta ahora lo conocemos, se juega la vida, su supervivencia y su viabilidad como eje articulador del poder formal.

Es antídoto, pues a partir de él se podrán emprender acciones concretas para investigar, detener, procesar y sentenciar a muchos pillos que, al amparo de un cargo público, pero principalmente aprovechando la confianza depositada en ellos por los ciudadanos, han engordado sus patrimonios en detrimento de los pobres, de los que menos tienen, de los más jodidos. Ojalá que quienes se tienen que dar cuenta de esto abran los ojos y entiendan que el clamor social que en cualquier lugar se escucha es el de ¡justicia!, una justicia basada en el fin de la impunidad y el castigo ejemplar a quienes se han burlado de todos.

No soy de los que creen que la corrupción sea un asunto cultural ni una característica de los mexicanos. Creo, más bien, que un Sistema Anticorrupción verdadero puede ser “la tabla de salvación” para una clase política descompuesta y maltrecha, pero sobre todo un aliciente para recobrar la confianza de los ciudadanos hacia los servidores públicos y terminar de una vez por todas con este divorcio de la sociedad con su Gobierno.
* joaquin.narro@gmail.com     Twitter @JoaquinNarro