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Razón de Estado

  • Joaquín Narro Lobo

  • Joaquin R. Narro Lobo
  • Las madres de los que no están

Mañana cumple años mi madre y seguro estoy que eso es algo que a la lectora y al lector de esta columna les tiene con muy poco cuidado. Sin embargo, comento esto por una experiencia que, aunque cada vez es más recurrente, no deja de hacerlo sentir a uno con el corazón apachurrado. Me refiero al dolor que cientos, miles de mujeres padecen desde el día en que les amputaron parte de su ser, de su esencia de madres, al arrebatarles a un hijo o una hija a quien difícilmente podrán recuperar, pero que no se detendrán en buscar, aún cuando ello implique morir un poco cada día, despacito, sin esperanzas, como cayéndose a cachos con cada paso, como desarmándose tras cada palada de la tierra que cubre los restos de alguien que, esperan, sea quien alguna vez les creció en el vientre.

Apenas estuve con algunas de ellas. Venían de Veracruz, donde la tierra parece tragarse a los hijos de alguien ante el asombro y el silencio de muchos y la complicidad de varios. El dolor de su condición es tan grande que ni siquiera existe una palabra para definirlo, una categoría para darle contenido. No son viudas ni son huérfanas. Son madres que perdieron a sus hijos y a las que la lengua no alcanza a darles significado, pues cuando el idioma se inventó, nadie pensó en que esta situación fuera posible. Ante la realidad tan dura y fría habría que saber, cuando menos, cómo llamarles, darles identidad.

No sé si por la cercanía de la fecha de su cumpleaños, pero en sus caras y en sus voces veía y escuchaba las de mi madre. Aún cuando en distintas ocasiones había estado con ellas, esta vez fue distinto: dolió más, me partió. Soy de los que creen que nadie tiene derecho a matar, pero mucho menos de robarle la vida a alguien. Eso es lo que hace la desaparición: le roba la vida a aquellos que aquí se quedan, buscando en lugares recónditos, escarbando la tierra con sus uñas, enfrentando a autoridades coludidas, increpando a quienes no logran entender un poco de su sufrimiento. Al final, además de haberles robado la vida, los responsables de la desaparición terminan por matarlas tras una eterna agonía que solo se agota en el último suspiro.

Como sociedad, habría que pensar qué vamos a hacer para detener esto que ya parece una pandemia, y qué para atender a estas mujeres y sus familias que han dejado de vivir por tener que padecer la falta de un hijo, de un hermano, de un padre. Ninguna madre debería de enfrentar el suplicio que la incertidumbre de la desaparición provoca y ningún hijo debería de imaginar el dolor que su ausencia provocaría a quien lo vio salir de ella. El Gobierno, todos y cualquiera, los de ahora y los que vengan, tiene que hacer frente a la desaparición y entender un poco del dolor de aquellas a quienes les arrebataron a sus hijos y las hicieron víctimas de la desesperanza, el sufrimiento y la agonía, de aquellas a quienes hicieron huérfanas y viudas de sus hijos, de ellas que no alcanzan siquiera una categoría que las pueda identificar.

joaquín.narro@gmail.com

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