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Razón de Estado

  • Joaquín Narro Lobo

  • Joaquín R. Narro Lobo
  • De indígenas a indigentes

Con relativa frecuencia, los fines de semana visito algún café o restaurante de la colonia Condesa, en la Ciudad de México. A pie de banqueta, veo pasar a parroquianos que entran y salen como si se tratara del comedor de sus casas y a meseros que se saben nombre, vida y obra de los más asiduos. Veo, también, separados de mí, solo por una mesa y un mantel, a razón de cuatro o cinco vendedores, músicos o mendicantes por hora. Solo eso y las oportunidades que yo tuve para desarrollarme y que a ellos les han sido negadas, me hacen creer que somos distintos, cuando en realidad somos lo mismo.

Cada hora que transcurre, cuando menos uno de quienes se acercan a vender un producto, solicitar una cooperación por el entretenimiento brindado o pedir “por caridad una moneda para un taco”, es indígena. Lo mismo el que vende tapetes de lana, que la que arrastra una carriola destartalada o que quien toca el acordeón, tienen los rasgos de ese México, que muchos creen tan lejano como las montañas de Chiapas o los valles de Oaxaca o de plano pretenden ignorar. Son indígenas a los que la vida, el sistema, las condiciones y la sociedad les hemos negado oportunidades y reconocimiento. No existes, luego entonces no te apoyo.

Los indígenas mexicanos que han llegado a la capital del país viven en la miseria, el abandono y la invisibilidad a la que los hemos confinado. En un momento, desplazados por la pobreza, la inseguridad o el robo de sus tierras, hoy son, además de todo, indigentes. El Gobierno local, ajeno directo de su migración a la Ciudad de México, pareciera no querer asumir su responsabilidad como destino final y quizá última esperanza de miles de oaxaqueños, poblanos, guerrerenses o chiapanecos a los que, pareciera, se empeña en negarles su condición indígena. Para las autoridades, aparentemente, son pobres sin techo, sin hogar. Nada más.

Me pregunto qué nos ha hecho falta para reconocer sí, la pobreza, la miseria, el analfabetismo, el desplazamiento o la indigencia de todos ellos, pero también su cultura, costumbres, tradiciones, creencias, necesidades y aspiraciones como indígenas. ¿Qué hace falta para reconocer la dignidad de quienes son víctimas cotidianas del olvido y la soberbia, de la discriminación y el rechazo? Los indígenas de la Ciudad de México, los originarios y los emigrados, no pueden ni deben de carecer de apoyos que les permitan buscar mejores condiciones de vida, por mucho que resulte más sencillo pretender que no existen o, en el mejor de los casos, que “simplemente son indigentes”.

Las autoridades de la Ciudad de México tendrían que abrir los ojos y reconocer, desde ahora y para siempre, que la nuestra, es una entidad destino para miles de indígenas a los que no podemos negarles el apoyo a través de políticas públicas y acciones de Gobierno que demuestren el compromiso y el interés por ellos. La sociedad capitalina debe –debemos– abrir los ojos, la mente y la conciencia para tender la mano y no solo una moneda, a aquellos que son distintos no por diferentes, sino por el valor y orgullo con los que han enfrentado las desventuras y desventajas en las que la vida les ha colocado.
* joaquin.narro@gmail.com

@JoaquinNarro