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Razón de Estado

  • Joaquín Narro Lobo

  • Joaquín R. Narro Lobo
  • Hoy que no es un día especial

Hace unos días, algunos pobladores del municipio de Chenhaló, Chiapas, retuvieron durante varias horas al presidente del Congreso del Estado y a algunas otras personas para presionar a la alcaldesa de aquél municipio a dimitir. La razón, aparentemente, su condición de mujer. Rosa Pérez, primera mujer presidente municipal del municipio indígena, finalmente renunció al cargo y su lugar fue ocupado por Miguel Sántiz, un varón cercano al grupo que orilló a Pérez a la renuncia.

A mitad de semana, el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, presentó la iniciativa de dotar de silbatos a hombres y mujeres con la finalidad de utilizarlos en aquellos casos en los que cualquiera sea víctima o testigo de un abuso sexual en la calle o el transporte público. El proyecto, novedoso en el país, pero probado en varias latitudes de América Latina y Europa, se antoja como un intento para disminuir las alarmantes cifras de mujeres que diariamente sufren en espacios públicos algún tipo de violencia sexual.

Cifras recientemente dadas a conocer por el INEGI señalan que el trabajo no remunerado realizado por mujeres en el hogar, equivale a alrededor de 60 mil pesos anuales. De estos, las mujeres casi nunca ven un peso. Si acaso, su labor doméstica muy de vez en cuando es reconocida y agradecida por los varones que habitan en el mismo domicilio y cotidianamente se benefician de las labores de limpieza, lavado de ropa, preparación de alimentos, cuidado de enfermos y administración de parte importante del presupuesto familiar.

Aunque pretendamos ignorarla o minimizar sus causas y efectos, la violencia contra las mujeres es una realidad en el país. El machismo, la misoginia, la discriminación y la exclusión, son parte de nuestra cotidianeidad, de aquello a lo que pareciera que muchos se han acostumbrado. Hoy como hace 10, 50 o 100 años, muchas mujeres siguen sin ser dueñas de su cuerpo, de su mente, de sus sentimientos, de sus decisiones e incluso de su trabajo. Millones de varones siguen pensando que las mujeres no pueden gobernar y continúan viéndolas como un trozo de carne para el desahogo sexual o como un par de manos para el quehacer.

Nada en concreto motiva la reflexión de esta columna. Hoy no es día de la mujer ni día para erradicar cualquier forma de violencia hacia la mujer. No es día de las madres ni una fecha especial en la vida de aquellas que me rodean. Nadie de mis cercanas fue víctima reciente de alguna agresión ni tuve alguna charla reveladora. No necesito motivo alguno, ni día especial marcado en el calendario, para querer dejar plasmado mi sentir sobre la penosa situación por la que millones de mujeres atraviesan su vida, desde su inocencia como niñas hasta su nostalgia de abuelas.

Hoy que no es un día especial y que el calendario no marca que debamos portar un fistol naranja, hagamos conciencia sobre qué tanto hemos aprendido a reconocer, promover y respetar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. ¿Aceptaríamos ser gobernados por una mujer? ¿Reconocemos el trabajo que muchas mujeres hacen en casa? ¿Dejaremos de manosear a quien ni siquiera conocemos?

∗ joaquin.narro@gmail.com Twitter @JoaquinNarro