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Razón de Estado

  • Joaquín Narro Lobo

  • Joaquín R. Narro Lobo
  • Autonomías y desconfianza

De un tiempo a la fecha el sistema político mexicano ha vivido un ensanchamiento de sus instituciones bajo la figura de organismos autónomos. Frente a esto, es necesario hacer un análisis no desde la óptica de la naturaleza de los propios organismos y de sus características jurídicas y políticas, sino sobre todo, de las causas que han impulsado a una nueva forma de entender la administración y el Gobierno del Estado.

Aun cuando hemos señalado que la naturaleza jurídica de los organismos autónomos no es relevante para el presente análisis, conviene señalar sus características básicas para comprender sus rasgos más elementales. Este tipo de organismos son establecidos expresamente en el texto constitucional, participan en la dirección política del Estado, son constitutivos o imprescindibles para el desarrollo del sistema y, finalmente, establecen relaciones de coordinación con los Poderes públicos, no de subordinación ni mucho menos de aislamiento.

Ahora bien, ¿qué es lo que provoca que los organismos autónomos hayan proliferado en los últimos años y que ahora se ajusten más a los cuatro principios que hemos señalado, que a las características básicas de la administración pública? Más allá de una tendencia generalizada de constituir organismos independientes a los Poderes clásicos, en México la desconfianza ha jugado un papel preponderante. En el país, muchos han dejado de confiar en el Gobierno y han incentivado el surgimiento de estos organismos asumiendo que la autonomía significa independencia absoluta de cualquier injerencia o interés político.

El fondo del asunto radica justamente en la espiral de desconfianza en la que todos nos hemos metido y que ha llegado al punto de modificar la estructura del sistema político como nosotros lo entendíamos. Hemos comenzado un proceso en el que pretendemos alejar a las instituciones de la mínima relación con lo que entendemos como “político”, pues para la mayoría el concepto entraña, en sí mismo, una importante carga negativa vinculada a la falta de transparencia, austeridad, eficiencia, modernidad, independencia y legalidad.

La cuestión es si estamos dispuestos a continuar este proceso de “autonomización” de las instituciones que coloque al resto de los Poderes, particularmente al Ejecutivo, en un estado de inanición política, en lugar de corregir las fallas que han colocado a la sociedad como un colectivo humano profundamente desconfiado de los entes políticos. Más aún, ¿qué pasará cuando nuestro sistema se encuentre repleto de organismos autónomos y la autonomía deje de ser una característica excepcional y se convierta en la regla? ¿Seremos capaces como sociedad de seguir confiando en ellos? ¿Mantendrán los entes autónomos las características que hoy los hacen lo más confiable del sector público? ¿Habremos resuelto para entonces las causas que nos han llevado a pretender autonomizar todo el ejercicio estatal?

La autonomía garantiza mayor credibilidad en el actuar de una institución u organismo, pero no devuelve la confianza social por sí sola. Hace falta trabajar, urge, en recuperar la confianza de los ciudadanos en el actuar gubernamental.
joaquin.narro@gmail.com Twitter @JoaquinNarro