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Recopilaciones

  • Recopilaciones: Carlos Durón García

El solitario caballero que fuera don Antonio Haghenbeck y de la Lama, quien muriera en 1991, era un experto conocedor de arte y antigüedades, además de coleccionista que viajó por medio mundo. Visitó innumerables museos, muchos de los cuales, sobre todo en Europa, son o fueron residencias, castillos y palacios particulares, que no obstante su transformación aún conservan un ambiente íntimo que les dota de un particular atractivo, de un tono vivo y humano disperso entre las múltiples obras de arte atesoradas por sus propietarios a lo largo de los siglos. Cabe pensar que don Antonio, al disfrutar sus visitas a estos castillos y señoriales residencias, espléndidas en su acervo artístico y en su decir histórico, pensara en algún momento que sus casonas de México, algún día, cuando él ya no contara en este mundo, pudieran servir a la posteridad en forma similar, lo que sin duda se ha conseguido hoy. Su legado, que hoy conforma la Fundación Cultural Haghenbeck y de la Lama, encierra infinitos tesoros artísticos de épocas muy diversas. Su sabor de historia viva se ve acentuado por el hecho de que, por su expreso mandato, cada salón, cada rincón, permanecen tal como él los habitara. Por eso, en este museo de La Casa de la Bola, igual que en los castillos europeos, aun se palpa la presencia de quien en vida fuera su legítimo poseedor. Don Antonio disfrutó adquiriendo -como experto coleccionista de arte que era- muebles, pinturas, candiles, esculturas con las que decoraba su ámbito, teniendo cuidado, además, en respetar lo más posible el edificio tal como lo adquiriera de manos de su primo Joaquín Cortina Rincón Gallardo en el año de 1942. Aparte de admiración, este museo produce curiosidad. Al llegar, el visitante se pregunta: “¿Aquí vivía, solo, ese señor?” “¿Cómo y cuándo acumularía tales maravillas?” “¿Será este el oratorio donde rezaba y la Virgen predilecta en su devoción?” Así, el público no solamente se solaza en deleite estético a la vista de los cientos de objetos de arte que encierra, sino que se entretiene imaginando compartir, durante el recorrido, parte de la vida de un singular personaje. La Casa de la Bola, cuando la adquirió don Antonio, fue decorada según la moda, muy al suntuoso y ecléctico estilo de mitad del siglo XIX. El había vivido, en su juventud, en una casona semejante. Así, uno se explica la exuberancia en el ornato, la diversidad de obras de arte de distintas épocas, las paredes tapizadas de seda, los impresionantes candiles y espejos. En esta casa se respira una atmósfera decimonónica que prácticamente ya no impera en ninguna casa en México. Precisamente en el siglo pasado, el actual edificio sufrió eventuales agregados, que sin embargo no afectan su esencial corte colonial. Se cree que el predio como tal, existe desde el siglo XVI, aunque los documentos que certifican la propiedad, son de 1600. A partir de esa fecha, la Casa de la Bola ha tenido 19 propietarios, lo que la convierte en testigo de mil aventuras que darían vida a relatos costumbristas entrelazados a un contexto histórico determinado. Tuvo dueños poderosos y ricos, que al vaivén de nuestra accidentada historia, sufrieron serios reveses de fortuna. El primer propietario registrado de la Casa de la Bola, fue un inquisidor: Francisco de Bazán y Albornoz. Para finales del siglo XVIII, aparece como dueño un señor de apellido Gómez, metido en negocios de minas, quien finalmente perdió su fortuna, viéndose obligado a vender la propiedad mediante un sorteo de la Lotería Nacional, organismo con el cual se sostenía, en el siglo pasado la Academia de San Carlos. Fue entonces cuando llegaron dos arquitectos, académicos eméritos de la propia Academia, para realizar el levantamiento de la casona, levantamiento que aún existe y que conservaba celosamente don Antonio. El documento data de 1801 y contiene una prolija descripción de la casa, demostrándonos que, salvo algunas leves modificaciones.