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Recopilaciones

  • Recopilaciones: Carlos Durón García

A lo largo de su historia, la plaza del zócalo de la Ciudad de México ha tenido otros nombres oficiales, incluyendo Plaza de Armas, Plaza Principal, Plaza Mayor y Plaza del Palacio. Recibió el nombre actual durante el virreinato, en 1813, porque fue allí donde en Nueva España se juró la Constitución Española, promulgada en Cádiz el año anterior. A la plaza central de la ciudad se le conoce comúnmente como Zócalo, porque en 1843, Antonio López de Santa Anna convocó a un concurso para realizar un monumento conmemorativo por la Independencia de México, resultando ganador Lorenzo de la Hidalga, quien proyectó la construcción de una columna al centro de la plaza. De ésta solo se colocó el zócalo o base, pues el monumento nunca se concretó, el zócalo permaneció en el lugar por varios años. Desde entonces la plaza adoptó ese nombre. Esta es la segunda plaza más grande del mundo y la primera entre los países de habla hispana. El área que hoy ocupa la plaza fue construida dentro del islote original de la ciudad mexica México Tenochititlan y formó parte de su Templo Mayor, recinto religioso principalmente en su parte sur. Limitaba al este con las llamadas Casas nuevas de Moctezuma Xocoyotzin (sobre el que se construiría el futuro Palacio Virreinal) y al oeste por las Casas viejas o Palacio de Axayácatl (1469 – 1481) donde el rey tlatoani Ahuitzotl, tío de Moctezuma y predecesor inmediato, también vivieron. Con la llegada del Conde de Revillagigedo y por la proclamación de Carlos IV en diciembre de 1789, El entonces virrey Juan Vicente de Güemes, se realizaron reformas en toda la plaza, la repavimentación y renivelación del espacio y la Acequia Real fue cubierta con bloques de piedra. También se instaló una fuente en cada esquina. Durante estos trabajos fueron halladas la Piedra del Sol y una escultura de la diosa Coatlicue. La piedra fue puesta en exhibición en el lado oeste de la Catedral, donde permaneció hasta 1890, cuando fue trasladada al antiguo Museo Arqueológico de la calle Moneda. Los antiguos comerciantes de la plaza se trasladaron a un nuevo edificio llamado el Mercado de Volador, ubicado al sureste de la plaza, donde se encuentra actualmente la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La plaza se convirtió en un espacio público con 64 lámparas. La Catedral fue separada de la plaza con una reja de hierro, fueron colocadas 124 bancas de piedra y se delimitó el perímetro con postes de hierro, unidos por una cadena del mismo material. La característica principal de la plaza fue la colocación de una estatua ecuestre de Carlos IV por Manuel Tolsá, la cual se colocó en la esquina sudeste en una base de madera dorada, que se inauguró en diciembre de 1803. Sin embargo, cuando el monumento fue terminado por completo, la base de madera se sustituyó por una piedra ovalada que mide 113 metros por 95.5 metros, con su balaustrada propios y fuentes en las esquinas creado por José del Mazo. Este fue el telón de fondo, cuando el virrey Félix María Calleja, otras autoridades y el pueblo reunido, juraron lealtad a la Constitución de Cádiz, y a la Corona española, el 22 de mayo de 1813 en respuesta al inicio de la posterior Independencia de México. Este evento también resultó en el cambio de nombre de la plaza como “Plaza de la Constitución.” Los últimos cambios antes de la independencia fueron realizados por Manuel Tolsá al colocar la Cruz de Mañozca en la esquina sureste y poner otra cruz similar, al noroeste. Ambos se establecieron en un pedestal de piedra neoclásico. Tras la Independencia, el monumento a Carlos IV fue desmontado y retirado de la Plaza. La estatua ecuestre en sí, todavía puede verse en frente del Museo Nacional de Arte, donde su corriente y mucho más pequeña base de los estados que se conserva únicamente por su valor artístico. La base de la estatua oval anterior se trasladó a lo que entonces era el edificio de la Universidad y de la balaustrada se trasladó a la Alameda Central. Esto dejó al desnudo a excepción de la Plaza del Parián. El 4 y 5 de diciembre de 1826, Lorenzo de Zavala y el general José María Lobato dirigió un grupo de soldados, artesanos y hooligans (“pelados”) atacando a los Parián. Robaron y quemaron al grito de “Muerte a los gachupines!” “¡Viva Lobato y aquellos con furia!” Un número de comerciantes que murieron y la mayoría fueron arrasados.