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Recopilaciones

  • Recopilaciones: Carlos Durón García

La astuta princesa Paulina de Metternich, esposa del embajador de Austria en Francia, quiso aprovechar para sus propios fines la visita de Johann Strauss a la exposición universal de París en 1867. Pensó la princesa que en la música de Strauss hallaría expresión la natural armonía de carácter que existe entre el alegre parisiense y el getnütlich vienes.

No hubiera podido elegir Paulina de Metternich mejor abogado para la causa de Austria. Johann Strauss era el ídolo de la época, el compositor al son de cuya música valsaba el mundo entero.
LA EXPOSICIÓN

Ofrecía un marco en el que hasta el desorbitado plan de la princesa resultaba plausible. Fue en esos días cuando París ganó el nombre de Ciudad Luz.

Un millón de mecheros de gas instalados a lo largo de innumerables aleros, al iluminar de noche los grandes bulevares, trasformaban a París en esplendorosa feria. La presencia de Johann Strauss, el rey del vals, prestaba singular lucimiento al espectáculo. Al fin y al cabo, reyes comunes y corrientes se veían a cada rato en París.

El padre de Strauss formó parte en sus años mozos de varias orquestas que en las afueras de Viena iban de taberna en taberna. En esas fon das sombreadas por árboles oyó a los músicos del lugar, los “violinistas cerveceros”, tocar un nuevo tipo de baile inspirado en tonadas campesinas austríacas.
DER WALZER

(Literalmente, girar), porque se bailaba ejecutando un movimiento giratorio y de traslación en compás de tres por cuatro. Ahora bien, como quien gira sobre sí mismo lo hace más cómoda y seguramente al tener un punto de apoyo, las parejas adoptaron pronto la innovación de bailar abrazadas.

Aunque la intimidad a que daba pie el nuevo baile suscitó violentas críticas, der Walzer no tardó en imponerse en los esplendorosos salones vieneses. El viejo Strauss se hallaba en el apogeo de la fama cuando encontró un rival en su propio hijo.

El 15 de octubre de 1844 el joven Johann Strauss se estrenó como compositor y director de orquesta en un concierto al que dio principio con cuatro valses suyos. Promediaba aún ese concierto cuando ya el auditorio se decía que había aparecido en Vienaun nuevo rey del vals.  De entonces en adelante la vida de Johann Strauss, hijo, fue ininterrumpida con una serie de conciertos y de producción de obras musicales; de viajes y de público aplauso.

Contaba 41 años de edad cuando la princesa Paulina pensó en él para que sirviera a la ejecución de sus planes políticos, y así París lo conoció en la flor de su gloria: era un personaje que gastaba el bigote impuesto por la moda, de exquisito gusto en el vestir y de una varonil apostura que atraía irresistiblemente a las mujeres.
PARÍS

A Strauss ya solo le faltaba conquistar al gran público de París. Una serie de conciertos celebrados en la exposición merecieron entusiastas elogios. Y entonces, inesperadamente, el maestro vienes dio a conocer el vals llamado a arrebatar al mundo entero.

El auditorio recibió las primeras notas con cortés curiosidad. ¿Sería posible que la nueva composición alcanzara el elevado nivel de las melodiosas joyas del autor conocidas ya del público? La respuesta a esa pregunta se formulaba lentamente.

Después de la afiligranada introducción, que, más que el comienzo de un vals, semeja el mágico preludio de una sinfonía, surge de súbito el tema impetuoso que habrá de alcanzar proverbial resonancia en el lengua je de la música.
EL DANUBIO AZUL

A manera del río cuyo nombre lleva, el vals de “El bello Danubio azul” fluía incesante mente en ondas de inspiradas melodías y vibrantes tonalidades. Por un instante pareció que el melodioso raudal fuera a desviarse de los cauces del buen gusto para desembocar en un final vulgar.

Pero entonces recobró la serenidad de su curso. Entre notas evocadoras de los compases iniciales, una cadencia formal hizo enmudecer el vals. Mudo quedó también el público por un momento.

Quizá tuvo el sentimiento de haber asistido a la creación de una nueva forma musical: la que presta al vals amplitud de poema sinfónico. Y de repente, al silencio del público sucedió el aplauso, que estalló jubiloso. Con El bello Danubio azul se inició una nueva época en la producción y en el estilo de Strauss.
DIVERSIFICACIÓN

Hasta entonces se había considera do él nada más que compositor de música de baile. Después de la notable y aplaudida obra, el vals ascendió del salón de baile a la sala de conciertos. Los principales músicos de aquellos días tenían frases de elogio para Strauss: Wagner llegó a decir que lo consideraba “el talento más musical de Europa”.

Lo que principalmente cautiva a la mayoría de los admiradores de su música es, sin embargo, el raro don con que él ha sabido expresar la esencia misma del carácter vienes, curioso maridaje de la alegría de vivir y la melancolía romántica.

El Danubio azul, o El bello Danubio azul (título original en alemán: An der schönenblauen Donau op. 314, En el bello Danubio azul), es un vals compuesto por Johann Strauss (hijo) en 1866. En febrero del año 1867, Johann von Herbeck, director del Wiener Männergesangverein, pidió a Strauss que le escribiera un vals para su coro. Herbeck llevaba mucho tiempo disgustado con el repertorio del coro masculino, que en su opinión era mediocre y gris, por lo que deseaba un vals coral “vivo y alegre” para los carnavales de aquel año. La letra la escribiría el poeta fijo de la sociedad coral.

Strauss se puso al trabajo, y pronto terminó el encargo, que sería el más famoso y popular de sus cuatrocientos valses. En aquella época, reinaba en Viena una atmósfera derrotista como consecuencia de la derrota de Austria a manos de Prusia en la Guerra de las Siete Semanas en 1866.

El comisario de Policía, Josef Weyl, a quien se encargó la letra del vals, aprovechó la oportunidad para manifestar sus sentimientos políticos. A los componentes del coro no les gustó la letra, y la protestaron ruidosamente cuando tuvieron que ensayar la canción. Su indignación se refería también a la música.

Pero Herbeck y el patrón de las artes, Nikolas Dumba, a quien estaba dedicado el vals, consiguieron apaciguarlos y que no ofendieran a Strauss. El día 13 de febrero de 1867, el vals se estrenó en la Sala Diana, bajo la batuta de Rudolf Weinburm.