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Recopilaciones

  • Recopilaciones: Carlos Durón García

Sancho Panza es un personaje ficticio de la novela “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra. Por su presencia e importancia ha sido considerado coprotagonista del libro y complemento humano y filosófico de Alonso Quijano, personaje principal. Junto a un don Quijote “siempre patético” que vive en un mundo irreal y que prescinde de los resultados de sus acciones, el escritor da cuerpo literario, pero casi vivo, a un individuo que “no sabe diferenciar lo real de lo irreal” aunque en todo momento permanecerá atento al binomio éxito/fracaso. Pareja cómica en la cumbre de la tragicomedia, con un don Quijote entregado a la búsqueda de su Dulcinea (encarnación de “la Belleza y la Virtud”), y un Sancho seducido por la promesa de su cargo de gobernador de la Ínsula, que la pluma de Cervantes convertirá en representación cómica del poder y de “la encarnación de la justicia en la realidad –ese tejido de intereses, egoísmo, cobardía”. Quijano (don Quijote) es un hidalgo manchego que “sabe muy bien lo que dice y no tiene ni idea de lo que hace”, un caballero del ámbito rural español al que la lectura de literatura caballeresca sume en un estado de locura que le lleva a salir en busca de aventuras. Tras ser armado caballero en una ridícula y patética ceremonia en una venta, y siguiendo la costumbre y tradición que recomienda que todo caballero andante tenga un escudero, don Quijote, elige para tal cometido a Sancho Panza, “un labrador vecino suyo, hombre de bien… pero de muy poca sal en la mollera” (libro I, capítulo VII). Sancho, seducido por su ambición, pues a diferencia de su señor es un hombre realista y práctico, acepta el cargo tras solemne juramento de que le seguirá fielmente, a pesar de que no entiende sus idealismos. Mientras don Quijote se dedica a deshacer imaginarios entuertos en su camino, Sancho, sencillo y pacífico, tratará de disuadirle para que no se meta en complicaciones. Pero este planteamiento de la trama esconde en su sencilla apariencia la esencia de la lección magistral de Cervantes. El crítico Joaquín Casalduero en el breve prólogo de su edición del libro describe la relación de don Quijote y Sancho como vivencia de tu a tu, el idealismo del uno (del antihéroe absurdo pero entrañable) cabalgará junto a la humana y esencial ambición del otro (explicando la ambición como “impulso de la Historia” y personificándola en un Sancho sin fuerza espiritual ni física y por tanto “incapacitado para realizarla”). Es observación común entre cervantistas que si don Quijote es personaje universal, Sancho es nacional, a imagen y semejanza de los prototipos y estereotipos que se fraguan en la Europa del siglo XVII para representar nacionalismos y nacionalidades del continente. En el proceso de construcción del personaje de Sancho, Cervantes usó el cebo de la ambición humana, inherente a toda gran empresa; la promesa del Gobierno de la ínsula Barataria, como “tierra prometida”, seducirá a Sancho a la hora de aceptar el trabajo como escudero. Pero la realización de ese sueño no se hará promesa firme hasta el capítulo 32 de la segunda parte de la novela, cuando el Duque le dice a Sancho: “Os mando el gobierno de una [ínsula] que tengo de nones, de no pequeña calidad” (II, XXXII); y aún habrá que esperar al capítulo 45 para que Sancho tome por fin posesión física de la empresa. El proceso ocupa lugar destacado en la bibliografía de los estudios cervantinos, y las reflexiones, análisis y propuestas son numerosas y variopintas: estudios políticos, económicos, psicoanalíticos, amén de literarios, lingüísticos, etc. No obstante este esfuerzo erudito puede sintetizarse en los consejos que don Quijote da a Sancho antes de ir a gobernar la ínsula Barataria. El refranero y los refranes, recurso de la sabiduría popular tradicional (“sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios”), es una de las señas de identidad de Sancho Panza a lo largo de la novela cervantina. Refranes tópicos y populares, aunque caídos en desuso, como “Donde una puerta se cierra otra se abre”, “No con quien naces, sino con quien paces”, “De noche todos los gatos son pardos”, “Ándeme yo caliente, ríase la gente”, “Cuando a Roma fueres, haz como vieres”, etc. A tantos refranes recurría Sancho, que don Quijote terminó por decirle: No más refranes, Sancho, pues cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en decirlos; pero paréceme que es predicar en desierto, y castígame mi madre, y yo trómpogelas. –Paréceme –respondió Sancho– que vuesa merced es como lo que dicen: “Dijo la sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra”.