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Recopilaciones / Carlos Durón García

  • Recopilaciones: Carlos Durón García

Lo más probable es que el llamado libro secreto de Maximiliano formara parte de los efectos personales que el emperador llevó consigo incluso a Querétaro. A la hora de devolver el cadáver embalsamado a la corona austrohúngara, a fines de 1867, la mayor parte de esos objetos habrían vuelto a Viena junto con los restos del archiduque. Pero el libro secreto se quedó en México, en poder del Gobierno juarista, que decidió sumar la derrota moral a la política y militar.

Así apareció “Los traidores pintados por sí mismos”, como una forma, no exenta de saña, de restregar en la cara de los conservadores la opinión ácida o crítica que Maximiliano se formó de docenas y docenas de personajes, mayores y menores, que se acercaron a él en busca de colocación, puesto o nombramiento. Con el afán de mostrar que el libro secreto era auténtico, se publicó “con la certificación del C. Oficial Mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores y Gobernación”. Incluso, se produjo en la Imprenta del Gobierno, que se ubicaba en los bajos del Palacio Nacional. Más garantía, no podía darse. Puesto que fue precisamente el Ministerio de Relaciones Exteriores quien llevó el asunto de la repatriación de los restos del emperador, es posible inferir que el documento quedó en manos mexicanas a la hora de devolver el resto de las pertenencias de Maximiliano. El libro se agotó con rapidez: el morbo de unos y la incertidumbre de otros, preocupados porque se conocieran sus intentos de entrar a la nómina del Imperio, fueron el motor ideal para que “Los traidores pintados por sí mismos” se convirtiera en un auténtico best seller en un país donde solamente una élite ilustrada y politizada sabía leer. Pero quizá no era necesario más: se trataba de un golpe calculado. Si bien es cierto que el ataque no desapareció a los núcleos conservadores, sí acentuó su desprestigio y, les reveló el desprecio que el emperador sentía por ellos. Tardarían unos pocos años en volver a intentar reposicionarse en la vida política. Desde luego, Maximiliano trató, a algunos más y a algunos menos, a todos los personajes que aparecen nombrados en el libro. Pero las indagaciones acerca de su honestidad, de su fama pública, de sus ideas políticas y de su eficacia como funcionarios públicos, no lo hizo él solo. Se identifican en las páginas del libro secreto a una treintena de informantes de los cuales solamente tres tienen apellidos de origen español. Los demás son franceses o austriacos que hicieron para el emperador las averiguaciones que acabarían de incomodar a muchos. Los informantes de Maximiliano encontraron el pasado santanista de numerosos militares; se encontraron con docenas de chismes acerca de recursos públicos manejados de manera oscura, de señalamientos sobre los que, aprovechando la nacionalización de bienes eclesiásticos decretada por la Reforma liberal, se habían enriquecido de manera notoria y sospechosa. Las notas son, las más de las veces unos pocos renglones. Es claro que a Maximiliano le importaba qué tan buenos empleados del Imperio podían ser, pues muchas veces su desempeño laboral fue juzgado: “Empleado viejo, un poco rutinario, parece, pero honesto”, dice del recaudador aduanal de Guadalajara, José Antonio Nieto. En cambio, del subprefecto de Zapopan, José María Meza, el texto es lapidario: “Se le describe como muy mal funcionario, ligado con todos los ladrones de su distrito”. A Domingo García, Juez de Salamanca, se le exhibió en todas sus limitaciones: “Incapaz, ignorante, carece de firmeza, aunque en cambio sea muy honesto”.

Del jefe de Estado Mayor de la 4ª. división militar, José María García de la Cadena, los informes eran terribles: “es un hombre capaz, no hay más quión como arma política: un Wikileaks al modo del siglo diecinueve.

Preguntas

-¿Qué navegante español
descubrió Puerto Rico?

-¿Quién descubrió el territorio de Canadá?

Respuestas anteriores

-R: En África se encuentra el país de Mauricio.

-R: Benjamín Franklin “La pereza viaja tan despacio que la pobreza no tarda
en alcanzarla”.

carlosdurongarcia@gmail.com