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Recopilciones

  • Recopilaciones: Carlos Durón García

Antonio López de Santa Anna fue un político y militar mexicano nacido en 1795 y fallecido en 1877. Fue presidente de su país en nada más y nada menos que once periodos distintos y lógicamente para conseguir esa proeza tuvo que cambiar de chaqueta varias veces y pactar con unos y los contrarios. En cualquier caso, la parte de él que hoy nos ocupa es su pierna izquierda. En 1838, en una batalla contra el ejército francés en Veracruz, sufrió la amputación de la pierna por el fuego de artillería que el enemigo lanzó desde un barco. No se les escapará a ustedes, después de lo dicho en el primer párrafo, que Santa Anna era un animal político puro y una vez pasado el trance de la amputación violenta de la pierna, montó un espectáculo que hizo muy popular su extremidad y su nombre. La pierna de Santa Anna fue paseada por la Ciudad de México y exhibida con gran regocijo de todos en una vitrina. Para el amputado aquello era una muestra de su entrega total y absoluta por su patria y así lo vieron también otros muchos. Finalmente la pierna fue sepultada con todos los honores. No acaban aquí las historias de Santa Anna y sus piernas. En 1847, durante la guerra entre Estados Unidos y México, nuestro protagonista se vio sorprendido mientras comía por la Infantería de Illinois y escapó a caballo dejando su pierna artificial abandonada, que fue capturada y hoy se puede ver en el Museo Militar del Estado de Illinois. Una mano empuñada, hinchada y blanca, con las uñas perfectamente cortadas, parecía que la piel ya no daba de sí y reventaría en cualquier momento; en la base del frasco, los hilillos de tejido nadaban en el estático formol. El general Obregón tuvo sus más importantes batallas contra el ejército de Villa, en 1915, en el Bajío. El 7 de marzo, en la estación Peón, tuvieron lugar los primeros combates entre ambos bandos, resultando derrotados los villistas. Obregón comenzó a concentrar sus fuerzas en El Bajío, y al enterarse de esto, Villa abandonó Torreón para enfrentarlo. En abril, aun contando con el doble de hombres que los constitucionalistas, los villistas fueron derrotados en Celaya. Del 13 al 15 de abril, se enfrentaron a otra batalla, que terminó con el mismo resultado. Hubo otro combate en León y para el 2 de junio, Obregón se dirigía a una reunión en Santa Ana del Conde, cuando fue herido por una granada villista en el brazo derecho. El cirujano militar Enrique Osornio tuvo que amputar el brazo. Se dice que este doctor conservó el brazo en formol, otras versiones señalan que fue el general Francisco R. Serrano. El historiador Pedro Castro escribió Álvaro Obregón. Fuego y cenizas de la revolución mexicana, en donde refiere que a Obregón “le gustaba exhibirse en público, hablar, contar chistes, buenos chistes”. Quizás por este gusto de llamar la atención inventaba historias como la que le contó al periodista Vicente Blasco Ibáñez: “A usted seguramente le habrán dicho que soy algo ladrón. Aquí todos somos un poco ladrones. Pero yo no tengo más que una mano, mientras mis adversarios tienen dos. ¿Sabe usted cómo encontraron la mano que me falta? Después de hacerme la primera curación, mis agentes se ocuparon en buscar el brazo por el suelo. Exploraron en todas direcciones, sin encontrar nada. ‘Yo lo encontraré’, dijo uno de mis ayudantes que me conoce bien, ‘ella vendrá sola, tengo un medio seguro’. Y sacándose del bolsillo una [moneda], lo levantó sobre su cabeza. Inmediatamente salió del suelo una especie de pájaro de cinco alas. Era mi mano, que al sentir la vecindad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para agarrarla con un impulso arrollador”. El general fue asesinado el 17 de julio de 1928, mientras celebraba un banquete en el restaurante “La Bombilla”. En su aniversario luctuoso, en 1935, Lázaro Cárdenas inauguró el monumento a Álvaro Obregón en el parque que marca el acceso a San Ángel, sobre Insurgentes. Ese día se colocó el frasco con la extremidad de “el manco de Celaya” en un nicho. Actualmente se encuentra una mano de bronce en ese lugar, pues como describe Elena Poniatowska, “la mano de Obregón se pudrió, se encogió y se deshizo en espaguetis”, así que fue cremada por la familia en 1989. La mano de Álvaro Obregón fue objeto de adoración por muchos años. ¿A qué se deberá esta filia de los mexicanos de venerar partes mutiladas? Hacerle un suntuoso funeral a la pierna de Santa Anna; admirar con orgullo el corazón de Melchor Ocampo, como si fuera algo lindo ver un órgano putrefacto; o una cápsula con sangre del Papa Juan Pablo II, haciendo peregrinación por 91 iglesias de México. Es algo macabro. El Monumento a Álvaro Obregón es una obra erigida en el año1935 para conmemorar el asesinato del expresidente de la República mexicana, el 17 de julio de 1928. Se encuentra en el Parque “La Bombilla”, sobre Avenida de los Insurgentes que marca el acceso al barrio de San Ángel, en la delegación Álvaro Obregón.