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Recuperar el auditorio Justo Sierra para la UNAM / Alejo Martínez

  • Alejo Martínez

La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) es una institución singularmente fuerte y con extraordinaria capacidad de defenderse cuando se trata de una agresión externa. Si alguien desde el exterior ataca o critica a la UNAM, quizá alguna vez hasta con cierto fundamento, se expone a respuestas severas lanzadas desde las más diversas plataformas de los medios de comunicación masiva o de redes sociales. El vasto profesorado de la UNAM y sus incontables egresados disponen de privilegiadas plataformas en la prensa, la radio y la televisión y llevamos en el corazón la profunda huella del alma mater con su natural apasionado agradecimiento.

Aunque nos pueda parecer insuficiente, una fortaleza más de la UNAM se expresa en su poder real para que el subsidio presupuestal que permanentemente le transfiere el Gobierno federal, nunca se vea seriamente afectado, aún en épocas de crisis y austeridad económicas. El simple hecho de tratar de reducir el presupuesto de la UNAM o del conjunto de las universidades públicas, puede acarrear severas críticas y desprestigio para el Gobierno que ose intentarlo. Se trata de expresiones de ostensible y significativo poder que detenta nuestra institución.

Sin embargo, no deja de ser paradójico que frente a ese gran poder moral, ideológico y argumentativo, la UNAM padezca por otro lado y en abierto contraste una enorme debilidad, una lastimosa vulnerabilidad. Nuestra institución se muestra frágil, endeble e indefensa cuando es atacada por dentro, no con ideas, ni razonamientos o pensamiento, sino con violencia, con vandalismo, con arbitrariedad. Entonces su gran fortaleza se ve transformada en enorme y desconcertante debilidad.

Unos pocos vándalos que enarbolen banderas ideológicas de pseudo-izquierda, que invoquen héroes revolucionarios nacionales o extranjeros, como el Che Guevara, nombre con el que rebautizó al auditorio Justo Sierra, que digan actuar en defensa de los intereses de estudiantes marginados o de cualquier sector social desprotegido o que se rebelen contra elementales disciplinas internas, y se apoderen o destruyan instalaciones universitarias, quedan inusitadamente amparados por un escudo de impunidad.

Las autoridades universitarias tradicionalmente han sentido que la fórmula de solucionar esos actos de abierta ilegalidad es el diálogo. Sienten que como integrantes de la comunidad universitaria, somos razonables, que tenemos la mente abierta y actuamos de buena fe, por lo cual creen que la vía idónea para la solución de conflictos debe ser el diálogo entre seres altamente civilizados.

El grave problema radica en que no todos los universitarios conjuntamos todas esas loables características que las autoridades universitarias han dado por supuestas, y con indeseable frecuencia nos topamos con que el diálogo se vuelve una burla, una vana ilusión, donde una de las partes, la distanciada con la razonabilidad, no decide escucharse más que a sí misma.

Por ello resulta de vital importancia el que comprendamos que autonomía universitaria de ninguna manera equivale a extraterritorialidad jurisdiccional, que un “diálogo” de convencimiento no puede durar desde 1999, cuando estalló la infausta huelga contra el rector Barnés de Castro, hasta marzo de 2016. Es francamente ridículo que se siga creyendo que el diálogo es la única vía de solución en los ámbitos universitarios. El diálogo no es mágico ni panacea que todo lo resuelve, menos aún cuando está de por medio el egoísmo, la violencia, la ilegalidad o la irracionalidad.

Si no queremos que esa endémica debilidad de la UNAM se siga agudizando, es de imperiosa necesidad el que tanto las autoridades universitarias como la comunidad podamos asimilar y comprender que cuando se trasgrede la legalidad y una vez que se haya agotado una instancia razonable de diálogo, el que se haga intervenir a la fuerza pública para restablecer elemental orden, de ninguna forma puede constituir una violación a la autonomía universitaria, sino una prueba de que la UNAM no está dispuesta a seguir siendo ámbito extraterritorial que garantice impunidad.

Es muy razonable que el nuevo rector realice un último intento de diálogo, aunque todo indica que tal intento está siendo mejor aprovechado para preparar una aguerrida y belicosa defensa vandálica del hoy totalmente degradado auditorio “Che Guevara”.

Otro asunto universitario de gran importancia: en las últimas horas de hoy o en las primeras de mañana martes la Junta de Gobierno de la UNAM decidirá quién será el próximo director de la Facultad de Derecho. Hago votos porque tanto la trayectoria académica como la experiencia en responsabilidades importantes, y en especial el acercamiento con ánimo integrador y fina sensibilidad ante la comunidad de la Facultad, sean factores determinantes a fin de forjarle el mejor futuro.