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Regalo navideño

  • Ramón Ojeda Mestre

Lo único bueno de los obsequios de Navidad es que cuando menos nos permite por una vez en el año, sacar algo de la generosidad que nos fue inculcada. Sí, no se equivoque, la largueza o dadivosidad, el desprendimiento, no es consustancial al ser humano, sino un aspecto cultural inculcado por nuestros padres, nuestros maestros o por los medios de comunicación e incluso por los gobiernos.

Es muy difícil ser generoso porque implica romper la tendencia al egoísmo o al egocentrismo, las propias religiones, todas, inculcan precisamente esos valores de la generosidad porque saben que van contrarios a la inercia ontológica del ser humano.

Ser altruista, dadivoso, desinteresado, desprendido, espléndido, fecundo, fértil, liberal o misericordioso, es, perdone que se la recuerde, una actitud contra natura. Lo normal es cada quien para su santo. Es la ley de la selva, es la ley de la sobrevivencia. Es la norma que rige los procesos de selección de los seres vivos. No se ha visto que un tigre quiera a una determinada tigresa y le diga al otro macho competidor, adelante hermano querido, tú primero. No, ni siquiera las ardillas o los cacomixtles y menos las dulces y bellas mariposas, el o la que llega primero se sirve y listo. No bad feelings.

Pero ese espíritu de todos somos muy buenos y muy lindos en Navidad es un sedimento cultural de las religiones, de los credos o de las fraternidades. Todos esos agrupamientos con reglas escritas, o no, son para vencer la tendencia del ser humano a comerse toda la carne que hay o toda la fruta en su caso y no dejar nada para el que sigue o para el de al lado. Usted puede aducir que ha visto a muchas aves llevar alimento al nido para los polluelos, pero los zoólogos u ornitólogos le dirán que eso es instinto y no generosidad, es genético y no deliberado. Sin embargo he visto llorar o gemir animales por la muerte de uno de los suyos, aunque acepto que eso no es generosidad, ni inteligencia, en el sentido humano.

Puedo decirle más, al fin que estamos en confianza resentida dama y frustrado varón, lo que llamamos generosidad no nada más es cultural sino que es un concepto impuesto. Esto quiere decir, que no le preguntan si usted quiere ser generoso, sino que le dicen: que ni no es dadivoso o altruista, los astros o diosito lindo lo van a castigar o no lo va a dejar entrar al cielo o al nirvana o al equivalente de cada credo o cofradía. Todos los niños normales, aun no amaestrados o domesticados, odian prestarle sus juguetes al otro niño o niña y sólo hasta que llega la mamá y le dice con cara de amenaza Pepito o Pepita préstale el juguete a tu amiguito y o primito y o primita o lo que sea, el niño o la angelical diablilla le sueltan la muñeca preferida a su invitada.

Plus ultra, o más aún, recuerdo a uno que incluso lo nombraron Arcángel porque se cortó un pedazo de capa para regalársela a un friolento. Son espíritus pertenecientes al octavo coro de la jerarquía de los ángeles; estos coros son: serafines, querubines, tronos, dominaciones, potestades, virtudes, principados, arcángeles y ángeles. La Biblia refiere la aparición de tres: Gabriel, Miguel, el príncipe de la milicia celestial, viste un clámide (pequeña capa roja, propia de los generales en pie de lucha); en la mano derecha porta un espada flamígera, y en la izquierda una balanza; Es el mensajero de Dios ante Virgen al anunciarle que será la Madre del Redentor y Rafael: al sanar a Tobit de su ceguera, con atuendo de peregrino, pequeña capa que lo cubre y cayado o bastón, en sus manos un pescado. Es más, no fue un arcángel, sino San Martín.
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