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Reiniciar el camino

  • Jaime Alcántara

estas horas, y día, ya sabemos por dónde se fueron las elecciones. Por supuesto que la decisión oficial se dará mañana, pero eso casi es ritual.

¿Qué hacer ahora, después de que la ensordecedora maquinaria de las diferentes campañas dejó su estela de propuestas, contrapropuestas, acusaciones, y una serie de adjetivos propios de esta etapa de la vida democrática de nuestro país?

Las campañas solo tienen un propósito: convencer al electorado de que su candidato (a) es quien tiene lo mejor de lo mejor. Claro que, para no dejar cabo suelto, de vez en cuando, uno que otro trancazo, para señalar las debilidades o defectos del, o de los adversarios, no les sobra.

Y, en este marco, amigos y familias, con sus correspondientes afinidades y preferencias se van alejando, producto de esa pequeña animadversión alrededor de los comentarios sesgados, de refilón; ácidos o prácticamente directos. Claro que no es en todos los núcleos familiares o en las reuniones de amigos, pero sí, en una buena parte, como quienes le van al América o a las Chivas.

Lleno el estómago y la vesícula (quienes la tengan), porque estos son los que registran las punzadas, producto de las recolecciones de bilis, adrenalina o hiel, seguramente el mal sabor de boca seguirá por quién sabe cuántos días.

Entendido así, por qué no hacer algunas reflexiones, basados en una anécdota que leí. No sé qué tan cierta sea, pero vale. Dicen que le preguntaron a un hombre de letras, que cuántos años tenía. Él, muy propio, les contestó: 30. Todo mundo sabía que los 50 eran ya historia. Al cuestionarlo, dijo: yo tengo los años que planeo vivir. Los otros ya se fueron.

Así, por qué no pensar en buscar esa reconciliación que se fue, en aras de preferencias electorales. También, cuántos años (con meses y días) llevamos sobre la faz de la tierra. Qué hemos hecho. Cuánto de lo proyectado se realizó. Qué construimos; qué dejamos de herencia para las generaciones que vienen detrás. Y no me refiero a lo económico, sino a lo que ayudará o afectará a aquellos que allá vienen o que, francamente, aún no están ni en el proyecto.

Y en este diario vivir hemos andado. A veces con brújula, otras al tanteo, pero hemos avanzado, aunque sea en distancias métricas.

Y claro que hemos mejorado.

Estas recientes campañas, también pueden sernos de referencia, pero al revés.

No todos quienes participamos en asuntos públicos como la política, los medios de comunicación, la administración, queremos (y debemos) ser rapaces, mendaces, cínicos, depredadores o falsarios (as). Claro que sí los (as) hay. Hemos podido ver gente que solo llegó a la vida para ver a quién fregar. Gente con desmedido apetito por el dinero, el protagonismo, el poder.

Con esto, como un posible rumbo, pudiéramos proyectar lo que falta. Yo no sé si, como decía el literato, nos falten 50, 30 o 10 años para llegar hasta donde se apague nuestra vela, pero valdría la pena hacerlo.

Tener un plan siempre vale la pena. De lo contrario, estaríamos en el supuesto del gato, de Alicia en el país de las maravillas: cualquier camino que se tome es igual.

Quizá aún sea válida aquella premisa, en la que se planteaba: tener un hijo, plantar un árbol o escribir un libro. Todo esto perpetúa, pero hay variantes que también pueden dejar rastro en el tiempo.

jaimealcantara2005@hotmail.com