imagotipo

El reino de la opresión y la tiranía / Razón de Estado / Joaquín R. Narro Lobo

  • Joaquín Narro Lobo

Retomo un reciente discurso del ombudsman nacional, Luis Raúl González Pérez, a raíz de una visita al Estado de Campeche donde una veintena de jóvenes obtuvieron el grado de maestros en derechos humanos con enfoque de atención a grupos vulnerables. A partir de las palabras de otro gran jurista y defensor de los derechos humanos, coincidentemente campechano, Jorge Carpizo, González Pérez señaló “no hay que dejarse confundir: donde los derechos humanos no se respetan no existe la democracia, sino el reino de la opresión y la tiranía. Sistemas políticos de la libertad y para la libertad, únicamente se dan donde el principio y el fin de la organización política están fundados en el respeto a los derechos humanos”.

Difícil poder encontrar momento más oportuno para recordar las palabras del gran hombre público que fue Carpizo, quien con la visión del hombre de leyes anticipaba una de las múltiples formas de descomposición del Estado de Derecho. La falta de respeto a los derechos humanos no genera otra cosa, sino el secuestro de las dos esencias del hombre como individuo y como ente social: la dignidad y la libertad, respectivamente. Lo expresado hace más de tres décadas por Jorge Carpizo hoy adquiere una nueva dimensión, cuando la tentación de la autocomplacencia de algunos y la negación de lo que sucede en el país por parte de otros se vuelve lo cotidiano para entender las relaciones del poder y la visión de lo que como nación queremos ser.

México se encuentra hoy, como pocas veces en su historia reciente, en una encrucijada sobre lo que pretendemos para los próximos diez, treinta o cincuenta años. No resulta sencillo recordar el último momento en el que la conciencia social y política del país se encontraban tan distantes de sí mismas y con tan distintas nociones sobre lo correcto para el futuro. La oportunidad de lograr algo positivo tanto para la sociedad como para el poder político, empero, es enorme. De la confrontación de percepciones, ideas y opiniones sobre lo que el país debe ser es posible alcanzar un gran consenso que no redefina como mexicanos. Se requiere, únicamente, de disposición de ambas partes para dialogar y reconocer fallas, omisiones y excesos de uno y otro.

El poder político debe comenzar por reconocer que hoy los derechos humanos están en una condición crítica y que su protección y restauración son el principio para recuperar la posibilidad de gobernar con legitimidad verdadera. Con justicia, hay que decir que en el Gobierno surgen algunas voces que, parece, han empezado a entender la situación que se vive y la necesidad de dar señales de cambio. Por lo que hace a la sociedad, esta debe asumir su papel como protagonista del cambio y no solo como espectadora del mismo. Una nueva forma de entender a México como nación requerirá, necesariamente, que la sociedad de mañana sea distinta a la de hoy.

Estamos a tiempo de evitar convertir a la democracia en esa deformación a la que Carpizo llamó “el reino de la opresión y la tiranía”. De nadie más que de nosotros depende derrocar a quienes pretenden convertirse en príncipes del mismo.

joaquin.narro@gmail.com        Twitter @JoaquinNarro