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René Avilés Fabila, triunfo de la inmortalidad

  • Betty Zanolli

In memoriam

  • Betty Zanolli Fabila

 

Era una mañana que despertó con la tibieza de un sol otoñal pero que al paso de las horas se fue obscureciendo bajo la llovizna pertinaz que impregnó de humedad la Ciudad de México, como si el cielo se cubriera con la nostalgia del luto para acompañar a René Avilés Fabila en su último viaje, luego de haberse encontrado cara a cara con ella, la que pacientemente espera, como bien él lo sabía y lo había plasmado al concluir su novela Réquiem por un suicida, una de las más emblemáticas de su producción: “La muerte ha ido siempre conmigo, probablemente nací con ella. No debo, pues, resistírmele, en especial ahora que tengo mucho más de lo que alguna vez pude soñar”, sin duda anticipando, paradójicamente, que en la plenitud de su vida y de su obra, llegaría también el momento, pero no de su rendición, sino de su triunfo a la inmortalidad.

Disciplina, tenacidad, vocación, entrega a la cátedra, pero sobre todo valor para enfrentar al poder, lo detentara quien lo detentara, sin importar la dureza del régimen en turno, porque lo mismo fue un acérrimo crítico de los partidos políticos que del Presidente de la República desde siempre -como quedó plasmado en la historia de la literatura mexicana contemporánea con su magistral novela El gran solitario de Palacio-, teniendo permanentemente como credo de vida el amor y la pasión infinitos por el arte y la literatura; así podría caracterizar a René Avilés Fabila. Un hombre de mundos contrastantes, que lo mismo adoró al cine, que a Mozart y Saint-Säens, al rock, la ópera o a Edith Piaff, cuya voz fue una de sus grandes ensoñaciones artísticas. Polémico, duro, irónico, lapidario, marxista, comunista, su aguda y certera pluma en el periodismo marcó un estilo único, que solo él podría haber concebido a lo largo de más de 50 años de trayectoria profesional y a través de las decenas de miles de artículos que lo mismo abordaron el análisis político que la divulgación cultural. Un estilo producto ante todo de un temperamento artístico febril, exaltado, porque el amor de su vida, como él mismo lo reconoció siempre, se llamó literatura. Arte al que lo introdujo su madre, Clemencia Fabila Hernández, -normalista como su padre, el también escritor René Avilés Rojas-, y que lo hizo incorporarse -cuando aún cursaba la preparatoria en la entonces Facultad de la Viga de la Escuela Nacional Preparatoria- apenas saliendo de la adolescencia, en el mundo fascinante de las letras bajo la guía de personajes como Juan José Arreola y Juan Rejano, quienes fueron determinantes en su formación artística a la que se volcó abrevando desde los mitos grecolatinos hasta las fábulas clásicas y modernas, haciéndose conocedor de todas las épocas, países y estilos literarios y artísticos. Fue así como al paso de las décadas su obra literaria se fue materializando, prolija, en cada novela pero sobre todo en cada uno de los centenares de cuentos que escribió, abordando todo tipo de temáticas como el amor en todas sus facetas o la recreación que hizo de la Biblia y de seres fantásticos en sus originales bestiarios antiguos y prehispánicos. Género por el que es reconocido como uno de los más relevantes exponentes del cuento breve iberoamericano, particularmente fantástico, a la altura de su admiradísimo, Jorge Luis Borges.

Ayer, 9 de octubre, René Avilés Fabila se despojó de su traje terreno al transitar a la posteridad, legándonos su inspiración y su lucha para que sus lectores de siempre, los que tuvimos el privilegio de conocerlo y admirarlo, y los que vendrán de las nuevas generaciones, a las que tanto procuró y se entregó como maestro y formador de vocaciones, podamos leerlo y releerlo, develando el profundo valor que subyace en su multifacética y colosal obra. Le sobreviven su esposa y compañera, Rosario Casco Montoya, y su hermana, Iris Santacruz Fabila; para ellas mi más sentido pésame.

De Emilio Medina Mendoza, su protagonista en El reino vencido, René narra: “no tuvo epitafio su tumba, solo el hecho contundente, escrito en el espejo humeante, que siempre vivió malos tiempos, rodeado por aborrecibles espectros”. De René Avilés Fabila, yo afirmo que bajo su férrea coraza fue un hombre lleno de sensibilidad, filántropo, soñador, pero también un ser incomprendido y combatido por muchos, por ello su lema de vida fue la frase piaffiana: “Je ne regrette rien”. Sin embargo, estoy segura que a él no le rodearon espectros. Le esperaban ya, entre tantos seres fantásticos y míticos, su hermana, Leonora, las sirenas y la Esfinge, el Minotauro, Ulises y Penélope, que ha dejado de tejer, porque la espera concluyó al ingresar René Avilés Fabila al mundo de la eternidad.

Sus últimas palabras fueron: “El ser humano no ha podido vivir sin atender o buscar presencias todopoderosas que lo expliquen y le ayuden a sortear problemas”. Ahora él sabe la verdad.

bettyzanolli@hotmail.com    @BettyZanolli