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  • Benjamín González Roaro

  • Benjamin González Roaro
  • La democracia de nuestros días

 

Muy seguramente, nuestro país constituye uno de los ejemplos más emblemáticos en términos de la situación de la democracia en el mundo.

En las últimas décadas, la democracia se ha consolidado como la forma de Gobierno más aceptable entre las sociedades modernas; aunque esto no implica que se encuentre exenta de déficits que ponen en entredicho su eficacia y viabilidad.

Hoy se celebra el “Día Internacional de la Democracia” y es evidente que en su momento actual, este sistema enfrenta desafíos. A pesar del proceso democratizador que ha tenido lugar en diversas partes del mundo, nunca como ahora la democracia tiene el reto de revertir los altos niveles de insatisfacción y desencanto que existen en la sociedad.

En México, fuimos protagonistas de una transición a la democracia en el año 2000 que, por una parte, puso fin al régimen de partido único que gobernó por más de 70 años consecutivos y, por la otra, inauguró una etapa en donde la alternancia política ofrecía enormes expectativas para los mexicanos.

A 16 años del cambio democrático y después de haber tenido gobiernos de distinto signo político-ideológico el balance es negativo. Si bien la democracia mexicana ha demostrado su madurez como modelo de articulación de la representación política, la falta de resultados a los múltiples problemas sociales y económicos dan cuenta de lo lejos que aún estamos de su fortalecimiento y consolidación.

Las principales debilidades de nuestra democracia se encuentran en la economía y en lo social. A largo y ancho del país constatamos la agudización de una serie de problemas acumulados en las últimas décadas:

En la economía, el crecimiento ha sido limitado y las expectativas para superar el estancamiento son bastante reducidas. Nuevamente tenemos una deuda muy alta que motivó que el país cuente con una calificación crediticia negativa. El ejemplo más claro de esta tendencia lo tenemos en el Paquete Económico 2017, que es restrictivo en términos de inversión en educación, salud, infraestructura, etc., afectando con ello a las personas que menos tienen.

La consecuencia de lo anterior se expresa en el campo social: alta pobreza, desigualdad y exclusión; pérdida del poder adquisitivo de los salarios, desempleo, crecimiento de la economía informal y con todo ello, el profundo deterioro de las condiciones de vida de la población.

También habría que agregar: impunidad, espiral de violencia e inseguridad, conflictos de interés, excesos en los distintos niveles de Gobierno, crimen organizado fuera de control, pérdida de credibilidad y confianza en nuestras instituciones, así como un Poder Ejecutivo que, a casi dos años de finalizar su gestión, quedó a la deriva, sin rumbo, sin liderazgo, sometido por sus opositores y muy lejos de cumplir con sus promesas.

Desde esta perspectiva, desafortunadamente para los mexicanos no existe ningún incentivo para celebrar el Día de la Democracia. Las “distorsiones” que le han impuesto los distintos gobiernos, solo para cuidar sus propios intereses y el de las élites, la han hecho poco funcional para las demandas y necesidades reales de la sociedad.

El destino de la democracia no puede constreñirse exclusivamente a la elección de gobernantes mediante cauces institucionales, pues está claro que esto no basta para que la inmensa mayoría de la gente viva bien.

Tenemos un sistema democrático incompleto y deficitario. Al país le urge avanzar hacia una democracia de calidad, que haga realidad el objetivo de mejorar las condiciones de vida de toda la sociedad.

Más allá del ejercicio de nuestras libertades y derechos políticos, los gobiernos, los partidos, los legisladores y el conjunto de actores políticos están en deuda con la democracia.