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  • Benjamín González Roaro

El “Nuevo Modelo Educativo”

De acuerdo con la literatura que analiza las reformas educativas implementadas en diversos países, existen múltiples factores que explican sus tropiezos o fracasos.

Entre éstos destacan: mala conceptualización del cambio; escasa, simulada o forzada implicación de los docentes; insuficiencia financiera para llevar adelante la reforma; falta de compromiso o resistencia de miembros clave de la comunidad educativa; instrumentación de políticas aisladas; precariedad de las condiciones de trabajo de los maestros y un débil sistema de formación, capacitación y desarrollo profesional.

Después de haber leído los discursos pronunciados en la presentación del Nuevo Modelo Educativo, creo que a esos componentes conviene añadir las contradicciones y los olvidos de la narrativa oficial acerca de la Reforma Educativa.

Por ejemplo, se habla de “un nuevo enfoque pedagógico”, que permitirá a los niños aprender a aprender. Sin embargo, no es ningún descubrimiento. En la teoría psico-pedagógica, esta noción data de 1976.

También se dice que el modelo “asegura la equidad y la inclusión,… “[pues] el reto es cerrar las brechas de desigualdad para que todos los estudiantes,… puedan concluir su proyecto educativo”. Para lo cual, sigue la cita, “(es indispensable mejorar) la infraestructura en los planteles más necesitados y que las becas vayan a quienes más las necesitan…”

Este compromiso es, al menos, contradictorio con lo que está ocurriendo actualmente. Los hechos y los números son contundentes: para 2017, el Gobierno federal recortó el proyecto original de presupuesto educativo, con lo cual disminuyó de 295 a 209 millones de pesos los recursos de las becas para los niños indígenas de educación básica; redujo de 443 a 289 millones de pesos el Programa de Inclusión y Equidad Educativa; y castigó a la infraestructura escolar, con una baja de siete mil 607 millones de pesos a dos mil 141 millones.

Asimismo, el discurso oficial enfatiza que “una de las cinco grandes metas nacionales… es alcanzar un México con Educación de Calidad”. Este objetivo tampoco es una novedad; surgió en el plano internacional, y se retomó en México desde principios de los años noventa, en la Conferencia Mundial sobre Educación Para Todos (Jomtien, 1990) y en el programa de modernización de la educación de la SEP, del Gobierno de Carlos Salinas. Desde entonces, el discurso oficial proclama que “vencimos el desafío de la cobertura en el siglo XX y es necesario hacer frente al desafío de la calidad”. Han pasado casi treinta años y seguimos con ese mismo discurso.

Efectivamente, el desafío de la calidad es enorme pero no se puede desconocer ni menospreciar lo que hicieron en su tiempo cuatro distintos gobiernos nacionales, los de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón. De hecho, la Reforma Educativa vigente les debe mucho a esos gobiernos, que pusieron en la agenda casi todos los temas de la citada reforma y lograron avances notables en distintos temas, como la federalización educativa, la institucionalización de la evaluación, los exámenes para el ingreso, reconocimiento y promoción de los docentes, por poner solo algunos ejemplos.

Por lo demás, no es ético ni es responsable que se descalifique la obra educativa que ha sustentado el desarrollo, la unidad y estabilidad de la nación, o que se desacredite a las magníficas escuelas públicas, a los extraordinarios profesores y directivos, que hacen posible la hazaña de movilizar a casi de 30 millones 800 mil alumnos en todo el país, para ejercer su derecho educativo.