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  • Benjamín González Roaro

  • Benjamin González Roaro
  • Crecimiento económico; desafío impostergable

A inicios de este mes, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) difundió su informe Perspectivas Económicas Globales 2016, en el cual se afirma que “la economía global está estancada en una trampa de bajo crecimiento que exige un uso más coordinado e integral de las políticas fiscales, monetarias y estructurales para avanzar a un camino de mayor crecimiento y asegurar que se mantengan las promesas para los jóvenes y los adultos mayores”.

El documento destaca que la combinación de un muy bajo crecimiento en las economías avanzadas y emergentes, la lentitud de las inversiones, los exiguos incrementos de los salarios, el déficit de trabajos decentes y la merma de los niveles de consumo, propiciarán que en 2016 apenas se alcance un producto global equivalente a un 3 por ciento y, en el 2017, podría ascender a un 3.3 por ciento.

Así, Estados Unidos crecerá 1.8  por ciento en 2016 y 2.2  por ciento en 2017; la zona euro podría lograr un crecimiento de 1.6 por ciento en 2016 y de 1.7 por ciento en 2017; y los 34 países de la OCDE eventualmente alcanzarán un promedio de 1.8 por ciento en 2016 y 2.1 por ciento en 2017.

Para nuestro país, dicho organismo prevé un PIB del 3 por ciento para 2017; esto se acercaría a las estimaciones de la Secretaría de Hacienda y del Banco de México, que ubican el crecimiento entre el 2.2 y 3.2 por ciento y de 2.3 a 3.3 por ciento para 2017. De ser así, estaríamos por arriba del promedio de países de la OCDE.

En contraste, llama la atención aquellas economías que están creciendo a tasas significativamente altas; China logrará un crecimiento aproximado de 6.5 por ciento en 2016 y 6.2 por ciento en 2017 y la India obtendría la mayor tasa mundial de 7.5 por ciento, en 2016 y 2017, respectivamente.

Ante el sombrío panorama mundial, la OCDE recomienda la puesta en marcha de una serie de políticas, que incluyen “un uso más exhaustivo de la política fiscal”, la profundización de reformas estructurales especialmente en el sector de los servicios (educación, salud, agua, entre otros), el otorgamiento de incentivos a la inversión empresarial, así como una mayor inversión pública, mediante la reasignación del gasto público hacia proyectos más rentables y con un alto impacto en el desarrollo.

Asimismo, sugiere la profundización de políticas que mejoren la competencia en los mercados, estimulen la innovación tecnológica, renueven las competencias de los trabajadores y el funcionamiento de los servicios financieros.

Si estas políticas efectivamente permitirán a las naciones del mundo salir de “la trampa de bajo crecimiento”, sería conveniente que los gobiernos vigorizaran la aplicación de las mismas. Para México es clave aumentar la productividad, el intercambio comercial y la demanda agregada; generar empleos decentes; avanzar en la recuperación de la capacidad adquisitiva de los salarios; ofrecer a los jóvenes alternativas reales de educación, empleo y formación; fortalecer los ingresos de los pensionados; y mejorar las condiciones de vida de los mexicanos.

Para hacer frente a la pobreza y la desigualdad, a México le urge crecer más y mucho más rápido. Para ello se requiere fortalecer la inversión productiva y que el gobierno cumpla con estrictas medidas de austeridad. La disminución del gasto público para el desarrollo social, los recortes a las plazas laborales y la contención de los salarios no pueden seguir siendo una opción, puesto que inhiben la recuperación del mercado interno.

El proceso de disputa por el poder político a nivel local ha concluido, es momento para reflexionar seriamente sobre la viabilidad de las medidas de política económica apuntadas, así como dejar de pensar en el cumplimiento de los objetivos nacionales de inflación, gasto público y política presupuestaria, con un enfoque exclusivamente electoralista. El verdadero objetivo a alcanzar debe ser el bienestar social de todos los mexicanos.