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¡Resucitamos muertos! / Felipe Arizmendi

  • Felipe Arizmendi

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Con ocasión de la Cuaresma y Semana Santa, los sacerdotes de las ocho parroquias de nuestra ciudad episcopal, ayudándose unos a otros, se organizaron para ofrecer a los fieles la oportunidad de confesarse. El último día, Miércoles Santo, los dos obispos y doce sacerdotes empezamos a confesar a las 5 de la tarde, y terminamos a las nueve y media de la noche. Eran filas interminables de personas que esperaban horas, con tal de recibir la absolución. ¡Cuántas resurrecciones, cuántas liberaciones, cuántas lágrimas de gratitud! Aunque es muy cansado estar por tanto tiempo sentado y escuchando a cada persona, ¡cuánto poder nos ha dado el Señor! En verdad, ¡resucitamos muertos, liberamos encadenados, reparamos vidas destruidas, levantamos caídos, reanimamos desesperados, reconstruimos hogares, confortamos corazones! ¡Qué importante y necesario es este servicio! Cuando se acepte mi renuncia episcopal, regresaré a mi diócesis de origen y me dedicaré solo a ello.

Estando en Ocosingo, seis migrantes de Honduras, con siete niños de 3 a 9 años, nos solicitaron un apoyo económico para seguir hacia el norte. Después de sugerirles no exponer a sus pequeños a tantos peligros, nos dijeron que vienen huyendo de la violencia y la inseguridad en su país. Con una pequeña ayuda que les dimos y con la posibilidad de que pasen a los albergues que para ellos hemos implementado, se mostraron muy agradecidos, puesta su confianza en que Dios no los dejará. La misericordia les permite vivir con esperanza, huyendo de la muerte.

Pensar

Sobre el sacramento de la Misericordia, la confesión, ha dicho el Papa: “Los errores que cometemos, aunque sean grandes, no rompen la fidelidad del amor de Dios. En el sacramento de la Reconciliación, podemos siempre comenzar de nuevo: El nos acoge, nos restituye la dignidad de hijos suyos y nos dice: ¡Ve hacia adelante! ¡Quédate en paz! ¡Levántate, ve hacia adelante! (6-III-2016).

“Esta misericordia divina puede llegar gratuitamente a todos los que la invocan. En efecto, la posibilidad del perdón está verdaderamente abierta a todos; es más, está abierta de par en par, como la más grande de las puertas santas, porque coincide con el corazón mismo del Padre, que ama y espera a todos sus hijos, de modo particular a los que más se han equivocado y están lejos.

Jesús, quien tiene el poder sobre la tierra de perdonar los pecados (Lc 5,24), transmitió esta misión a la Iglesia (cfJn 20,21-23). El sacramento de la Reconciliación es, por lo tanto, el lugar privilegiado para experimentar la misericordia de Dios y celebrar la fiesta del encuentro con el Padre.

Cada fiel arrepentido, después de la absolución del sacerdote, tiene la certeza, por la fe, de que sus pecados ya no existen. ¡Ya no existen! Dios es omnipotente. A mí me gusta pensar que tiene una debilidad: una mala memoria… Una vez que Elte perdona, se olvida. ¡Y esto es grande! Los pecados ya no existen, fueron cancelados por la divina misericordia. Cada absolución es, en cierto modo, un jubileo del corazón, que alegra no solo al fiel y a la Iglesia, sino sobre todo a Dios mismo… Es importante, por lo tanto, que el fiel, después de recibir el perdón, ya no se sienta oprimido por las culpas, sino que guste la obra de Dios que lo ha liberado, viviendo en acción de gracias, dispuesto a reparar el mal cometido y yendo al encuentro de los hermanos con corazón bueno y disponible” (4-III-2016).
Actuar

Si tus pecados te agobian, acércate al sacramento de la Reconciliación y serás libre; ¡resucitarás!
+ Obispo de San Cristóbal de Las Casas