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Retrospectiva

  • Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

Hace años, no digo cuántos para que no me correteen los del Inapam, recibí la noticia de que se me había designado director del Banco Nacional del Ejército, Fuerza Aérea y Armada. Enorme responsabilidad, cuya trascendencia valoré. De inmediato, ese mismo día, solicité permiso para entrevistarme con uno de los hombres más inteligentes, leales e institucionales que he conocido, para pedirle consejo y orientación para mi nueva encomienda. En ese momento él era director del Banco Obrero.

Ya él había tenido no sé cuántos cargos y muchos tuvo después hasta llegar a ser precandidato viable a la Presidencia en el sexenio de Miguel de la Madrid. Como todos los que andan en el baile tienen que aguantar pisotones, a él no le han faltado a lo largo de su vida entregada al servicio de la República. Por lo demás, no ha faltado uno que otro que quedara resentido por los “jaques” recibidos en los tableros de ajedrez en los que siempre se ha manifestado como un brillante jugador de alta escuela y por si fuera poco, es un polemista bastante temible y en ocasiones demoledor, cuando son asuntos de interés nacional. Usted ya entendió distinguida Rectora o estimado cuasi Nobel, que aludo al maestro Alfredo del Mazo González, hijo de un inolvidable político y hombre cabal que fue don Alfredo del Mazo Vélez y a quien también tuve la fortuna de conocer con mi paisano de Orizaba don Juan Albrand.

Es importante decir esto ahora, porque es una etapa crucial, hoy, ni son todos los que están, ni están todos los que son. Lo digo más claramente, siguiendo a Jacques Derridá, mi pensador preferido junto a Habermas, porque Derridá escribió el libro Dar el tiempo y la moneda falsa y hoy por hoy, en el ambiente político, social y económico, hay mucha moneda falsa, tanta, que a veces la sociedad no puede distinguirlo y ese es uno de los dramas de nuestro tiempo y por ello, es importante que escuchemos a quienes a través de toda una trayectoria sometida a la prueba del ácido esbozan ideas, formulan críticas o comparten tesis con quienes tienen a su alcance.

México requiere urgentemente escuchar a sus intelectuales, a sus servidores de carrera, a los viejones de la tribu, lúcidos aún y de temple. Al ser humano, dos grandes cosas le dignifican: escuchar para entender y hablar para explicar. No hay que tener miedo al ruiderío, sino al silencio en el que se mueven los traidores de la noche o los rufianes. La palabra se hizo para decir la verdad, no para ocultarla, escribió Martí y a México lo han hecho grande los hombres de palabra, los titanes del pensamiento y los de sacrificio generoso.

No aspiremos ahora a una unión artificial o borreguera de los mexicanos, al contrario, pongámonos en la trinchera o atalaya más acorde con nuestras ideas e ilusiones y hablemos con toda sonoridad y sinceridad porque son las épocas de la definición. Ahora o nunca Señor Presidente, le dijo Lerdo de Tejada a Juárez, cuando la princesa de Salm imploraba por Maximiliano. Hablemos todos, digamos todo, escuchemos todo y a todos con cuidado, con respeto, con atención para decir y decidir.

Recuerdo perfectamente, que durante su campaña Alfredo insistía en su eslogan “escuchar para gobernar”. Y si algo reiteró en su Gobierno fue hablar con la verdad y dar cifras ciertas, comprobadas y comprobables, no inventar. Creo que eso permitió que la gente creyera en su Gobierno y le entregara su confianza. Le inculcó al equipo en serio y de verdad una mística de servicio y es algo fundamental que no se exige en este momento y que es escuchar. ¿Me entiendes Méndez o no me explico Federico?
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