imagotipo

Revivir las haciendas / Alejandro Díaz

  • Alejandro Díaz

Las haciendas se extendieron por buena parte del territorio nacional, unas desde la colonia española y otras durante el largo Gobierno de Porfirio Díaz. Las hubo para beneficiar (separar los metales preciosos del mineral que se extraía de las minas) el oro y la plata, mientras las más se dedicaron a la ganadería o la agricultura. Las agrícolas fueron tan variadas como el territorio nacional: en Yucatán se dedicaron al henequén, en tierra caliente al azúcar y en el altiplano al maíz, la cebada y al trigo. Se especializaban en lo que en su tierra mejor se daba.

Las haciendas fueron la espina dorsal de la economía nacional por largo tiempo, y la mayoría estaba organizada para producir con eficiencia y mantenerse en forma autónoma. Construidas para almacenar todo lo necesario para producir y la propia cosecha, podían albergar a quienes ahí trabajaban y defenderse de las incursiones ocasionales de bandoleros. Los propietarios residían en ella, al menos parte del año, y la administración quedaba en manos de sus mayordomos en sus ausencias.

En esta forma autárquica de vida, hubo muchos abusos de propietarios y mayordomos que se comportaban como señores feudales y decidían sobre vida y hacienda de quienes ahí vivían. Durante el movimiento revolucionario de 1910 la animosidad popular en buena parte se dirigió contra las haciendas, en especial de las que se conocían abusos. Otras fueron afectadas por el hecho de que se sabía tenían recursos.

La Ley Agraria de 1915 permitió repartir las tierras que hasta ese momento poseían las haciendas. En los primeros 30 años, más de 25 millones de hectáreas fueron convertidas en predios de 10 o 30 hectáreas a los que se dotó de tierra y, en ocasiones, de agua, pero nada más. Sin técnica, dirección, ni crédito, los ejidos ocuparon tierras que dejaron de ser productivas. Con el tiempo, además, esos trozos de tierra se repartieron entre los descendientes hasta que ya no fue práctico. La miseria se mantuvo endémica en el campo, a pesar del reparto. Además, esos 25 millones de hectáreas no fueron todas de tierras aptas para el cultivo. En 2008, INEGI reportó solamente 20 millones de tierras cultivadas.

A los antiguos propietarios de les dejó solo el casco de la hacienda, y en algunos casos, pocas hectáreas, lo que hizo difícil su conservación. Casi todas cambiaron de dueño y de destino: se convirtieron en restaurantes, hoteles, casas de campo y la mayor parte en eriales. Los dueños originales emigraron a las ciudades y se dedicaron a otras actividades.

El reparto agrario destruyó la unidad de producción llamada hacienda sin sustituirla con eficiencia, ni siquiera después de un siglo. Terrenos, operarios y técnicos sigue habiendo, lo que falta es organización para renacer las unidades de producción sin los abusos del pasado. Los dueños actuales de la tierra deben organizarse para que la tierra vuelva a ser productiva, mediante la técnica israelí del kibbutz u otra que ellos decidan.

Otra posibilidad es que propietarios de los cascos con interés y conocimientos rehicieran la unidad de producción asociándose con los ejidatarios locales para instalar invernaderos. Aprovechar emplear técnicas modernas de producción en la agricultura ya revolucionó el cultivo de hortalizas y de muchos otros productos, inclusive para la exportación.

Revivir las unidades de producción llamadas haciendas traerá una nueva revolución verde al campo mexicano.
daaiadpd@hotmail.com