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Rómulo Gallegos, de grata memoria

  • Francisco Fonseca

  • Francisco Fonseca

Rómulo Gallegos, como tantos notables escritores, hizo posible que los latinoamericanos conociéramos mejor el solar de nuestros antepasados. Su presencia y su palabra, su facultad creadora de marcado acento realista, su lenguaje frondoso nos llevó de la mano hasta el ancho follaje de su selva natal. Sus biógrafos lo consideran como uno de los grandes novelistas de América latina.

Nacido en Caracas, Venezuela en 1884 hizo estudios universitarios de derecho en la Universidad Central de su país. El dictador Juan Vicente Gómez lo nombró en 1931 senador por el Estado de Apure, pero sus convicciones democráticas le hicieron expatriarse y renunciar al cargo. En 1935, muerto el dictador, Rómulo Gallegos volvió a Venezuela, y en 1936 fue nombrado ministro de Educación en el Gobierno de López Contreras, cargo al que también renunció por los mismos escrúpulos morales. En 1947 fue elegido presidente de la República, pero fue derrocado al año siguiente por una junta militar encabezada por Carlos Delgado Chalbaud. Exiliado de nuevo en Cuba y México, Rómulo Gallegos regresó a su país al ser liberado éste de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958. El escritor falleció en Caracas en 1969.

En sus comienzos de narrador, Rómulo Gallegos publicó Los aventureros (1913), una colección de relatos. Siguió a esta obra El último Solar (1920), una novela que reeditaría en 1930 con el título de Reinaldo Solar, historia de la decadencia de una familia aristocrática a través de su último representante, en el que se adivina a su amigo Enrique Soublette, con quien fundara en 1909 la revista Alborada.

Estuvo en México después de una infortunada incursión en el quehacer político de su país allá por la década de los 40s, hace 70 años. Desde joven, en 1921, la crítica lo distinguió como el más firme valor de la entonces nueva generación.

Los mexicanos supimos –más por el cine- de dos de sus obras maestras: Canaima y Doña Bárbara. Allí muestra la Venezuela cruel, insensible por la corrupción, traición, despotismo, falta de libertad, latifundismo e injusticia y brujería. ¿Quién no ha visto en las películas viejas las imágenes románticas del Arauca y del Bichara, la tupida vegetación ribereña del Apure, el aguaje que denunciaba el caimán en acecho, los bongueros que cruzaban con destreza las márgenes del Orinoco, las pequeñas sabanas feraces rodeadas de chaparrales y palmares, las praderas tendidas hasta el horizonte… y en el fondo de todo, el inmenso drama que fluía de la vida ensortijada entre el llano y la selva que devoraba todo y a todos, como una culebra de aguas del tremedal al novillo sediento y desprevenido? Cómo olvidar aquellos personajes como el Sutecúpira, Santos Luzardo, el coronel Ardavín, el Cholo Parima, los hermanos Vellorini, el iluso Marcos Vargas, la bordona Araceli Vellorini y el conde Giaffaro. Nadie pudo escapar nunca del misterioso y atrayente mundo de Canaima, dios de la selva cauchera.

Como bien dijera uno de sus críticos, Rómulo Gallegos llegó a un grado tal de perfección, que entre sus obras hay campo para la preferencia pero no para regatearle a ninguna la más encendida admiración. Recordemos sus palabras cargadas de recuerdos, vivos ahora en la hoguera de la memoria:

“¡De más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruco, de más allá del Meta! “De más lejos que más nunca” –decían los llaneros del Arauca- para quienes, sin embargo, todo está siempre: “allí mismito, detrás de aquella mata”…

Dramático el misterio de las tierras vírgenes que bien supo desentrañar Rómulo Gallegos, entre el acecho del caimán y los machetes que alumbraban el Bichara.

pacofonn@yahoo.com.mx